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El efecto mariposa (X)

admin | Pez_Burbuja | Miércoles, 12 Mayo 2010

Le había vuelto a llamar. Siempre acababa por llamarle, inevitablemente. Él era su rincón de libertad, con él los únicos momentos donde volvía a ser mariposa por un día. Sorpréndeme, le había dicho cuando le preguntó que deseaba, y ahora no sabía si estar arrepentida. Quizás por eso las escaleras hasta el segundo piso se le hicieron eternas. Al llegar a la última puerta pulsó el timbre y esperó.

Al verlo siempre se sentía igual que la primera vez. Aquella punzada en el estómago, el temblor, la sangre agolpándose en su vientre, el calor asfixiante…

Pasa, le dijo apartándose, y ella se sintió cómo si estuviera recorriendo el camino al matadero. Dentro, una cama de matrimonio, una silla y una mesa, dos mesillas, innumerables velas encendidas y al fondo un baño. Pero ella no veía nada de aquello. Solo miraba a la mujer, que sentada en la inmaculada cama en penumbra, la contemplaba con gesto sorprendido. En pocos segundos un millón de preguntas se agolparon en su cabeza ¿Quién es ella? ¿Qué hace aquí? ¿Qué pretende de mí? ¿Qué hago? No pudo evitar buscarle con la vista; le encontró sentado en la silla y le miró dubitativamente. Él tenía dibujada en el rostro esa sonrisa burlona que ella conocía tan bien, el brillo en los ojos diciéndole que esta vez no sería capaz…

Una mujer… Nunca había estado con una mujer. Lo había pensado, claro, muchas veces, en la soledad de su cama, mientras buscaba un orgasmo tardío después de las sesiones de sexo rápido en las que su marido terminaba roncando… Imaginaba cómo sería estar con una mujer, besarla, tocar su piel, sus secretas humedades, pero nunca creyó que aquella fantasía se convertiría en una situación real. Volvió a mirarle, mientras intentaba pensar con claridad. Por unos instantes se sintió invadida por la necesidad imperiosa de hacerlo tan solo porque él cambiara su gesto burlón, pero no debía ser esa la razón. Las puertas que se abren no se vuelven a cerrar, y si ella había aprendido algo de todo aquello, era que debía atreverse a desear… Entonces volvió su rostro hacia la mujer. Definitivamente no era una barbie. Morena, flequillo recto, de formas más que generosas, se ocultaba del mundo tras sus gafas, bajo sus hombros levemente inclinados hacia delante; su gesto era insolente y sin embargo no conseguía ocultar el halo de fragilidad que la envolvía. Supo con claridad meridiana que también era su primera vez y que iba a tener que ser ella quien llevara la iniciativa.

¿Quién sería? ¿Su chica? ¿Una amiga? Los celos la invadieron con una violencia que la asustó. Sabía que había otras, pero no quería pensar en ello, en su pequeño mundo ellos dos eran los únicos… hasta hoy. Si aquella hubiera sido una chica diez, probablemente se hubiera sentido intimidada, pero era una mujer, muy mujer, aunque no llegara a los treinta. Se acercó a ella y se sentó en la cama a su lado. Ambas se miraron con curiosidad durante unos segundos. Después María acercó sus labios lentamente hacia ella, para darle tiempo, para darse tiempo.

El primer contacto fue suave, tierno, apenas una tentativa de beso entre dos labios que se rozan. Esperaba quizás que aquel contacto no le agradara, poder decir no quiero, no sé, no me atrevo… pero no fue así. Sus rostros, apenas separados unos milímetros no encontraban de pronto forma de separarse. Volvieron a juntarse los labios, con más firmeza esta vez, las lenguas invitándose a explorar un poco más allá, se fueron enredando sin querer, y con ellas las manos, que buscaron la otra nuca, la otra espalda, los otros hombros… María sentía que su vida de pronto se rodaba en cámara lenta, y cada roce de piel, cada suspiro, se amplificaba un millón de veces.

En algún momento ambas se levantaron para seguir besándose despacio, mientras sus cuerpos aparecían como uno solo al contraluz de las velas. En el silencio de aquella habitación solo se oían las respiraciones de los tres, entrecruzándose como las ondas de las piedras que se tiran a un río. Cayeron camisetas, pantalones, botas, vergüenza, como las hojas tardías del otoño. María la buscaba con las manos, desconocida de labios trémulos y tacto firme, de olor a bosque y madreselva, que se dejaba querer entre suspiros.

Tocó sus hombros suaves, y con las puntas de los dedos dibujó el perfil de sus brazos, su cintura firme, sus redondas caderas, para ascender a sus pechos y quedarse, anidar con sus manos justo allí, reconociendo su cuerpo en otro cuerpo, similitudes, diferencias. No sabía si notaba el temblor de la otra piel o el suyo propio, pero no importaba. Nada importaba salvo tocar con los labios el lugar exacto del cuello donde se puede sentir la pulsación de la sangre corriendo desbocada. Nada salvo sus pezones contra la palma de las manos, entre los dedos. Nada salvo sus caderas redondas y la suavidad de sus glúteos bajo la yema de los dedos.

Hasta donde… Se hubiera dicho a sí misma que pararía mucho antes y sin embargo sabía que no quería parar, ya no, que deseaba perderse entre sus muslos, que necesitaba oírla gemir, que nada era más fuerte que el deseo corriendo por sus venas…

De pronto se volvió, recordando el motivo por el que había llegado hasta allí. Darius las observaba amparado en la penumbra; sus ojos brillaban en la oscuridad de aquellas cuatro paredes. Sus miradas se cruzaron y se quedaron prendidas en un segundo eterno. Luego María cerró los ojos y se sumergió en aquel cuello blanquísimo para bajar el camino recorrido anteriormente por sus dedos. Sus pechos eran dulces, jugosos, delicados y firmes, un bocado exquisito preludio de otros manjares ocultos. Su mano se deslizaba mientras hacia su vientre, bajando por el monte de Venus, inhóspito, liviano como las alas de una mariposa para llegar hasta su vulva. Sus labios eran cálidos al tacto, untuosos, y sus dedos encontraron el camino hacia su interior sin ningún esfuerzo. María sentía como su propio sexo se mojaba en aquel contacto que era tan similar al suyo, como si pudiera estar a un tiempo en ambos cuerpos, como si su mano se reflejara en ambos cuerpos en una imagen especular.

Volvió a mirarle, había perdido su sonrisa y en su lugar aquella expresión de ocelote hambriento que ella conocía tan bien. Al verla, él desabrochó sus pantalones, para comenzar a masturbarse. Aquella visión fue un afrodisíaco. Bajó por aquel cuerpo desconocido con la urgencia en los labios y su imagen prendida aun en las retinas. En el último resquicio de cordura, se preguntó si sería capaz de seguir. Hasta que llegó a sus fosas nasales aquel olor a mar profundo y algas. Aquella desconocida levantó entonces la pierna, apoyando el pie en la cama, en un gesto de rendición que borró las últimas dudas. Y no hubo más razón, solo su boca explorando sin piedad, saboreando sin prisa los secretos más recónditos, dejando que su jugo resbalara por la comisura de sus labios, deleitándose en sus gemidos roncos, en aquellas manos aferrando su pelo, marcando un ritmo que subía como la marea, atrapándola entre aquellos muslos imposibles, ahogándola en aquel mar que parecía no tener fin.

Aquellas manos la arrastraron de nuevo hacia arriba, en un beso hondo y espeso, mezclando salivas y jugos. Cayeron en la cama entre caricias. María volvió a mirarle, mientras era inmovilizada boca arriba a la cama por un foulard negro, y aquella mujer repetía milimétricamente el ritual antes recibido. Entonces, mientras sentía que su lengua la invadía, Darius se puso de pie y de un solo movimiento penetró a aquella mujer mientras sus ojos se clavaban en ella, los brazos atados, las piernas abiertas, su sexo cubierto por la melena negra, y la danza sincronizada de sus caderas, de las de él, de las de ella, en un triángulo perfecto.

Cuentos Perverxos (III)

admin | Pez_Burbuja | Miércoles, 12 Mayo 2010

Abrió el correo como todas las noches.

Bandeja de entrada (1)

Le temblaba la mano mientras intentaba atinar con el ratón en el enlace. El mensaje era escueto – Lo prometido es deuda, disfrútalo – Y como fichero adjunto un vídeo llamado para_sara.

No voy a verlo, pensó. Creí que no se atrevería. Tiritaba nerviosa, la mano inmóvil sobre el ratón, los ojos releyendo una y otra vez el mensaje, recordando aquella otra conversación no muy lejana donde hablaban de sexo virtual. No creo que esas cosas pasen en serio, decía ella, sí pasan, decía él. Cualquier día te enviaré un “regalito” y cambiarás de opinión…

No quiero verlo. No debo verlo. No puedo verlo. Un minúsculo clic rompió el silencio. En la pantalla, aquel recuadro negro dejó paso a la primera imagen. El estaba sentado en un sillón, sus facciones semiocultas por la penumbra. Llevaba el torso descubierto y unos vaqueros con el último botón desabrochado. Mirando a la cámara movió los labios sin emitir ningún sonido, pero ella lo entendió como si hubiera escuchado su voz – Sara, para ti –

Ella miraba en estado de shock, completamente inmóvil por la sorpresa mientras él se recostaba despacio, metiéndose un dedo en la boca, para después bajarlo por su pecho y llegar hasta los botones del pantalón sin dejar de mirar a la cámara, sin dejar de mirarla a ella. Uno, dos, tres, cuatro, contaba Sara mentalmente mientras él se desabrochaba los botones con parsimonia. Cerró los ojos. Inspiró fuerte para soltar después todo el aire de golpe. Abrió los ojos de nuevo. Temblaban sus manos, sus piernas, toda ella temblaba por el impacto sí, pero también por la expectación. Le vio bajar el pantalón mientras recorría sus caderas con las manos, bajando por los muslos hasta perderse de vista más abajo.

Los pantalones habían desaparecido y ahora solo veía un boxer negro, ajustado, delimitando cada curva con total nitidez. Su sexo se marcaba escandalosamente generoso, provocador. Sin querer cambió la posición para mirar más cerca la pantalla, mientras su mano izquierda de forma inconsciente se posaba entre sus muslos.

No era guapo, pero había algo en él salvaje, algo que no podía disimular y que le convertía en un animal hermoso, deseable. Mientras su mano se deslizaba por el boxer, Sara no pudo evitar que su propia mano tomara el mismo camino bajo su falda. Estaba excitada, tanto como no recordaba haber estado anteriormente en ninguna ocasión. Aquello era ciertamente morboso, la situación se convertía en adrenalina que hacía fluir su sangre más deprisa.

Mientras en la pantalla la escena continuaba… El rictus burlón de su rostro cambió mientras su mano se introdujo bajo el boxer. Sara miraba la escena sin poder despegar los ojos de aquella pantalla, a la vez que sus manos de forma inconsciente imitaban lo que veía, en un extraño juego especular. Su mano dejó de acariciarse para sacar su sexo y liberarlo de la presión. Sara abrió los ojos, tenía la boca seca y el corazón le palpitaba tan deprisa que creía que iba a salírsele del pecho. Llegó con los dedos a su sexo, completamente empapado, y comenzó a acariciarse sin perder un solo fotograma. Miraba su miembro completamente erecto, altivo, aquella diminuta gota de semen coronándolo como un pequeño diamante, y deseaba que estuviera allí, deseaba besarla despacio, recorrer su rugosidad con la lengua y aprender su textura, cada vena, cada pliegue mientras su olor la envolvía. Quería ser esa mano que ahora lo acariciaba en un vaivén que ella quería marcar con sus caderas mientras se empalaba en él. Pero sobre todo quería su rostro, los ojos ahora cerrados, la boca entreabierta, la cabeza levemente inclinada hacia atrás, y ese gesto de deleite, de placer absoluto para ella. Quería ser artífice y dueña de su goce, la que le llevara más y más arriba, más y más alto, más y más fuerte…

Su mano se acompasaba entre sus pliegues al mismo ritmo que veía en la pantalla, en una perfecta sincronía. Era la danza antigua de la sangre, el incendio en la piel, el ardor quemándole los dedos, la carne, mientras cada gemido que escuchaba se traducía en otro suyo, con una voz desconocida y sabia, que pedía más aún sabiéndolo imposible, que necesitaba más…

El orgasmo llegó puro, intenso, salvaje, en el mismo instante en que él se corría para ella. Un instante, un minuto, un siglo…Ambos fueron recuperando la respiración al unísono, como si supieran de algún modo el pulso del otro, como si aquello fuera más que un juego, como si hubiera algún tipo de corriente extraña entre ellos…

Mientras una de sus manos aún estaba entre sus muslos, Sara levantó la otra mano y despacio, muy despacio, paró el vídeo. Luego colocó la palma de la mano sobre la pantalla. Y se quedó así mirándole una eternidad…

La cita

admin | Pez_Burbuja | Lunes, 23 Noviembre 2009

Dios, que nervios. Todo el día pensando en ella y por fin allí estaba yo, frente a su puerta, a punto de pulsar el timbre. Sólo había sido un beso, interrumpido por aquella amiga suya tan pesada, y luego, por la noche, sorpresivamente, su llamada de teléfono para cenar al día siguiente. Pero eso me tenía nervioso, muy nervioso. Tenía que reconocerlo, las manos me sudaban, y temblaba imperceptiblemente. Estaba a punto de volver a verla. Así que llamé al timbre. Después de unos segundos se abrió la puerta. Era ella, mirándome sonriente.

- Hola, has llegado pronto.

- Si, pensé que habría atasco así que salí de casa con tiempo.

- Disculpa, aún no estoy lista, pasa y sírvete lo que quieras, tardaré unos quince minutos.

No, no estaba preparada para salir. Llevaba un albornoz azul, demasiado grande para ella, y una pinza en la cabeza, sujetando su pelo. Estuve a punto de decirle que para mí estaba preparada, y que si me podía servir lo que quisiera, la quería a ella, pero me contuve. Esta vez iba a ir despacio. Me acerqué al minibar y me serví un dedo de whisky. Luego me dediqué a inspeccionar aquel salón, buscando pistas que me mostraran algo más de su misteriosa dueña. Al volver la vista hacia el pasillo, vi que la puerta del baño estaba entreabierta. Ella tenía claustrofobia, me lo había confesado el día anterior. Sabía que no debía mirar pero era tanta la tentación…

Podía ver un enorme espejo y el reflejo de aquel albornoz azul que se deslizaba lentamente hacia abajo. En ese instante me pareció tan hermosa… Se dio la vuelta y se metió resuelta en la ducha, mientras abría el grifo. Podía verla perfectamente a través del espejo. Envidié cada gota de agua que caía desde su cuello, tenía la boca seca mientras seguía su recorrido. Vi cómo tomaba una esponja y vertía sobre ella el gel. Comenzó a deslizar la esponja por sus hombros, pechos, vientre, piernas…La espuma iba dejando eróticos rastros en su piel, y yo continuaba allí, mirando, hipnotizado por aquella danza sensual de la esponja en su piel…Volvió a colocarse bajo el agua y rápidamente aquellos dibujos desaparecieron, volviéndome a mostrar su cuerpo en todo su esplendor.

Salió rápidamente, y tomó un frasco de aceite que había sobre el lavabo. Vertió una pequeña cantidad en sus manos y después de frotarlas entre sí, subió una pierna en una pequeña banqueta y comenzó a masajearla. Sus dedos se deslizaban arriba y abajo, podía ver su perfil nítidamente, aquellos pechos turbadores, sus nalgas y las manos acariciando su pierna en una danza interminable. Repitió la operación con la otra pierna, mientras yo la contemplaba embelesado. Volvió a coger el bote y esta vez extendió aquel aceite brillante por sus brazos, sus hombros, y sobre sus pechos, trazando hipnóticos círculos que me llenaban de calor. Bajó sus manos suavemente hasta su vientre y continuó aquel masaje. Contemplaba aquella piel tan blanca, erizada por el frío, su cabeza levemente inclinada hacia atrás mientras soltaba su pelo, sus pechos erguidos, los rosados pezones, aquella leve curva en su vientre terminando en un vello rojizo, cálido, sedoso, y sentía un deseo incontrolable de entrar en aquel cuarto de baño y hacerla mía. Pero sabía que no era el momento.

Y seguí allí, clavado, contemplando como tomaba un delicado frasco de perfume, y dejaba caer unas gotas tras sus orejas, en el escote, en las muñecas, en el pliegue del brazo sobre el codo, tras las rodillas…Cogió una media negra y después de subir de nuevo su pierna al taburete (me volvía loco aquella perspectiva de ella) metió su pie en ella y luego fue desenrollándola suavemente hacia arriba, por la pantorrilla, la rodilla, hasta llegar al muslo. ¿Donde he puesto el whisky? Apuré el vaso y me serví de nuevo una cantidad generosa. Volví a mirar. Se estaba poniendo la otra media. Luego, introdujo aquellas piernas interminables en un tanga negro. Realmente espectacular. Mi boca debía estar tan abierta como el túnel del metro. Cogió un vestido negro y lo deslizó suavemente por su cuerpo. Era de raso, cerrado por delante y con unos minúsculos tirantes. Aquellos pechos se marcaban retadores y por detrás, el escote era de vértigo. Se calzó unos altísimos zapatos negros. Tomó un cepillo y se dio un par de pasadas rápidas por aquel pelo anaranjado que brillaba como una cálida hoguera. Tantas veces había soñado enterrar mi cara en ese pelo, en ese cuello, en ese olor…Se pintó levemente los ojos y entonces, me dí la vuelta y me puse a mirar por el ventanal.

Oí su voz, ronca, como si acabara de despertarse, que me decía:

– Estoy lista, ¿nos vamos? -

Cogí rápidamente la chaqueta y salí como una flecha de aquella casa, sin pronunciar una sola palabra, en un intento por mantener intacto el poco control que me quedaba.

Nos dirigimos hacia mi coche..

-Pez Burbuja-

Café con hielo

admin | Pez_Burbuja | Lunes, 23 Noviembre 2009

Mediodía. Apenas terminado el último informe, se escapó del despacho como perseguido por una manada de lobos hambrientos. Necesitaba hacer un paréntesis después de tanto papeleo, tantas llamadas, tantas quejas; un ritmo infernal al que nunca acababa de acostumbrarse.

Caminó sin rumbo fijo hacia el parque, necesitaba respirar en espacio abierto, sentía que se ahogaba entre las paredes de la oficina. Después de pasear durante unos minutos, decidió sentarse en una pequeña terraza, a tomarse un café. El sol se filtraba a través de las ramas de los árboles, y podía escucharse el trinar de los pájaros mezclado entre el murmullo de las conversaciones.

Comenzó a observar las mesas que había a su alrededor. A su izquierda, un hombre leía ensimismado el periódico por la sección de deportes, mientras bebía una cerveza. Un poco más allá, una muchacha pelirroja garabateaba en un bloc sin parar. Tenía el ceño fruncido, en un gesto que le recordó al que contemplaba cada mañana en el espejo, parecía muy concentrada en su tarea.

De pronto, la muchacha levantó la cabeza del cuaderno y con aire resuelto llamó al camarero, pidiendo una Coca Cola. Se percató entonces de que la chica tenía unos ojos verdes que quitaban la respiración. Justo entonces ella le miró. Él, azorado, bajó la cabeza incapaz de mantener aquella mirada que parecía traspasarle en dos. Al cabo de unos instantes volvió a levantar la cabeza, mientras contemplaba al señor del periódico que había terminado los deportes y tenía un bolígrafo en la mano con el que rellenaba el crucigrama. Despacio, muy despacio, giró la cabeza hasta volver a colocarse justo frente a la chica.

Debía tener sed, pensó, mientras la veía beber el refresco hasta terminárselo de un trago. Una vez apurado el líquido, inclinó aún más el vaso vacío hasta que un pequeño trozo de hielo cayó en sus labios, que se abrieron permitiendo que entrara en su boca. Lo saboreó lentamente durante unos segundos, para cogerlo después entre sus dedos con gran maestría. De su boca bajó suavemente por su barbilla, para delinear el perfil de su cuello, mientras inclinaba la cabeza hacia atrás. Pequeñas gotas perladas iban dejando las huellas de su paso, y a su vez, abrían nuevos caminos hacia abajo, perdiéndose en su escote.Cerró los ojos, presa de un calor repentino que se iba adueñando de su cuerpo. Se sentía un vouyeur, la gente parecía no percibir lo que ocurría entre aquellas dos mesas, que cada vez parecían estar más cerca…

Volvió a abrir los ojos, incapaz de resistir la tentación de contemplar de nuevo aquella subyugante escena. El hielo debía haberse derretido. Suspiró en una mezcla de alivio y decepción, tan solo para comprobar poco después que aún quedaba otro hielo en el vaso. Aquella criatura volvió a repetir el ritual, apurando con el vaso hasta que el hielo resbaló hasta el interior de su boca. Seguidamente lo cogió de nuevo entre sus dedos, moviéndolo entre sus labios a la vez que introducía parte de sus dedos en la boca. Por fin lo agarró para llevarlo hasta su rodilla. Entonces, despacio, fue subiendo con él recorriendo el muslo por su cara interna, mientras la minifalda de tablas ascendía peligrosamente al roce de la mano. Podía ver el rastro brillante que iba dejando a su paso, y aquellas piernas interminables, deliciosamente infinitas, que le permitían vislumbrar el final a cada movimiento de aquellos dedos, ya casi podía contemplar el final de aquel sensual recorrido…

- Perdone caballero, su cuenta- Volvió la vista al camarero agitando la cabeza, en un vano intento de que la sangre volviera a su cerebro. Parpadeó mirando desesperadamente entre las mesas, sin encontrar lo que buscaba. Quizás había sido todo producto de su imaginación.

- Perdone caballero- repitió el camarero - Como le decía su cuenta la ha pagado la señorita que estaba sentada en la mesa de enfrente-.

Se levantó de un salto acercándose a la mesa, ahora desierta. Bajo el vaso vacío, una hoja arrancada del bloc con unas letras garabateadas. La cogió. Una fecha, una hora, y una dirección. La dobló cuidadosamente y la metió en la cartera.

Apenas se dio cuenta de que sus pasos se encaminaron de nuevo a la oficina…

-Pez Burbuja-

Cuentos Perverxos (II)

admin | Pez_Burbuja | Lunes, 23 Noviembre 2009

Había quedado en que cuidaría de él. Su madre, mi mejor amiga, me había hecho prometérselo. En realidad bastaba con que él supiera que yo estaba allí, en la puerta de enfrente, por si necesitaba algo, y que los miércoles, cuando yo libraba en el hospital, le bajara la comida al taller donde se había quedado haciendo prácticas mientras el dueño se tostaba al sol en las Canarias. No era tan difícil, tenía apenas veintidós años, los mismos que mi hijo mayor; de hecho resultaba demasiado fácil hablar con él en aquella pequeña mesa donde cada miércoles ejecutábamos el mismo ritual. Yo llegaba con la tartera aún caliente, él ya tenía la mesa puesta y esperaba impaciente (la cocina no era uno de sus fuertes). Comíamos deprisa, tan solo para tener un rato más para fumarnos un cigarrillo, tomarnos un café y charlar.

Pablo era un encanto. Alto, delgado, serio… a veces no podía evitar compararlo con el cabeza loca de mi hijo que se había ido a Inglaterra a estudiar inglés y del que yo estaba segura volvería con el mismo conocimiento de la lengua anglosajona con el que se había ido. Me sorprendía siempre esa forma tan vehemente con la que hablaba de sus proyectos, de sus ideas, de la vida, como si acumulara una sabiduría muy superior a la esperada en alguien que acababa de dejar la adolescencia hacía tres días.
Aquella tarde hacía mucho calor. Habíamos estado charlando animadamente durante un buen rato pero de pronto los dos nos quedamos callados. Ha pasado un ángel, dije, por esa costumbre tan absurda de romper los silencios, y él me dijo -Me gusta estar contigo-. Y a mí, contesté sin pensar, mucho, muchísimo, demasiado… De pronto me di cuenta de que no debía haber dicho aquello, por lo que me levanté atropelladamente. Me tengo que ir Pablo, ya hablamos, es que tengo prisa, disculpa…

No vi aquella enorme pieza metálica en el suelo. Al caer, sentí un dolor agudo en la rodilla. Reprimí un grito mientras cerraba los ojos. Natalia ¿estás bien? Mi nombre sonó tan extraño en sus labios, tan extraño y a la vez tan perturbador, que asentí sin mirar, sin mirarle, sin querer mirarle así, tan cerca de mí. Me levanté despacio, pero no pude evitar la vacilación de mi cuerpo al apoyar la pierna contra el suelo. Realmente me dolía la rodilla, podía sentir como latía y se hinchaba, incluso sin mirar sabía que había empezado a sangrar. Sentí su brazo alrededor de mi cintura mientras me conducía hacia dentro y me hacía sentarme en la silla del despacho. Él no decía nada y yo no quise abrir los ojos. Recliné la cabeza hacia atrás, me sentía realmente mareada.

Noté sus manos extrañamente delicadas mientras me quitaba la sandalia y subía la pernera del vaquero por encima de la rodilla. Joder, exclamó y entonces abrí los ojos. Le vi hurgando en el botiquín y mi mirada se volvió inconscientemente hacia la rodilla. Tenía mala pinta desde luego. El moratón empezaba a ser más que visible, y un reguero de sangre bajaba caprichosamente por mi pierna hasta el pie. Le vi coger una gasa y empaparla en agua oxigenada, para acercarla después a mi rodilla. Para entonces me había vuelto a marear (no puedo con la sangre, nunca he podido) por lo que volví a cerrar los ojos y apreté los dientes para no gritar. ¿Te duele? No, mentí. Sentí como colocaba un pequeño apósito con esparadrapo. Y luego nada. El silencio. La quietud.

Abrí de nuevo los ojos. Pablo estaba sentado en el suelo y miraba mi pie. Ni siquiera había movido un dedo para tocarlo. Lo miraba y sus ojos brillaban de codicia. Levantó sus ojos hacia mí. Hubiera querido huir, decir algo inteligente, bromear, qué sé yo, pero me quede allí, clavada en su mirada que me pedía, que me rogaba, que me suplicaba… No, no, no, no puedo, no debo, no, no está bien, en mi cabeza las palabras se movían como pequeños boomerang, y rebotaban contra mi cráneo. Y su mirada era la luz en un túnel, un desierto en llamas, la soledad perdida…

Sus manos tomaron mi pie con delicadeza, con devoción y entonces, despacio, tan despacio que hubiera podido decir un millón de veces que no, fue acercando su rostro hacia él mientras sus ojos me miraban. Me retaba a que dijera algo, y yo temblaba desde dentro, y sentía como diminutas olas crecían en mi vientre y se expandían hacia mis pechos, mis manos, mi cuello, mis pies… Imaginaba que sus manos arderían de pronto al calor de mi cuerpo que crecía como si toda yo fuera de lava. Siguió acercando su rostro a mi pie hasta que pude sentir el roce de sus labios en mi piel. Y comenzó a besarlo, a lamerlo, a morderlo, mientras sus dedos escribían mensajes secretos en mi pantorrilla, respiraba sobre mí, recorría con su lengua uno a uno los dedos, succionaba, mordisqueaba, y yo que no quería querer, quería estar allí por encima de cualquier otra cosa en el mundo. Y mi pie era el extremo del placer, era mi cuerpo y mi boca, y eran mis pechos y mi coño en aquella boca sabia, y mientras aquella boca me mostraba un camino jamás recorrido, yo era una adolescente otra vez y él, él era antiguo como el mundo.

-Pez Burbuja-

Un regalo diferente

admin | Pez_Burbuja | Lunes, 23 Noviembre 2009

Llevaba todo el día pensando en él. Hoy era su cumpleaños y quería hacerle un regalo especial, pero no se le ocurría nada. De pronto su rostro se iluminó y salió corriendo por la puerta, tras agarrar el bolso con determinación.

Él se conectó a la misma hora de todas las noches. Ella no estaba aún así que se dedicó a navegar por la red. De pronto recibió un mensaje para aceptar un nuevo contacto. Bueno, pensó, ¿por qué no?. Veamos quién es.

En el pequeño recuadro podía ver una imagen de una habitación, una mesa en el centro y una mujer de pie. Su pelo rubio caía en una melena larguísima y su cara estaba oculta por un antifaz negro. Su cuerpo estaba brevemente cubierto con un corpiño que parecía a punto de explotar, acompañado con un liguero y unas medias por el muslo. Sus piernas, infinitas, rematadas por unos zapatos de tacón alto. ¡Pero que demonios es esto! pensó mientras la boca se le secaba y los ojos se le abrían como platos. Un saxofón comenzó a sonar, y ella empezó a moverse despacio, muy despacio, dibujando símbolos ardientes con su cuerpo. Las manos ascendieron hacia su cuello, como si tuvieran vida propia, bajando por sus pechos, su abdomen, su vientre, deleitándose en cada paso hasta recorrerla toda.

Absorto vió como ella se daba la vuelta apoyando las manos en la mesa. Su trasero se ofrecía pleno como una inmensa luna llena. Subió una rodilla y luego la otra y se colocó encima. Un ventilador revolvía su pelo. Ella comenzó a bajar los tirantes del corpiño, y luego soltó todos los corchetes hasta dejar la espalda al descubierto. Sólo sus manos en los pechos sujetaban la prenda. La dejó caer y se dio la vuelta. Sobre su piel blanquísima los dos rosetones se erguían, provocadores. Cogió unas tijeras de la mesa y de un rápido movimiento cortó las tiras del tanga y lo tiró a un rincón.

Seguía completamente anonadado. Ahora ella estaba de rodillas, encima de la mesa, frente a él, la cabeza inclinada hacia atrás. Comenzó a acariciarse sin tregua, sus manos subían y bajaban sin cesar, de su boca a sus pechos, a su sexo, en un ritmo cadencioso, acelerándose en cada viaje. Ella gemía, se retorcía, mientras su excitación crecía y crecía… hasta que súbitamente todo terminó. Luego, despacio, ya saciada, miró a la cámara y le dijo sonriendo “Feliz cumpleaños”, apagándola.

Él intentó desesperadamente volver a contactar con ella, pero fue imposible. Se quedó allí, mirando hacia la pantalla vacía, con los ojos nublados. De pronto una ventanita parpadeante le devolvió a la realidad.

Hola, feliz cumpleaños, le dijo su amiga con una sonrisa pícara en los labios, ¿qué te han regalado?

-Pez Burbuja-

La línea caliente

admin | Pez_Burbuja | Lunes, 23 Noviembre 2009

Se acerca la hora. Aquí estoy, esperando, sin poder despegar los ojos del televisor. Siempre lo tengo encendido, me gusta esa forma discreta que tiene de hacerme compañía. Eso sí, en silencio porque trabajo desde la línea de teléfono de mi dormitorio. ¿Qué vendo? Emociones fuertes. Sí, trabajo para una línea caliente, no me avergüenza decirlo. Vivo sola, necesitaba un trabajo que me permitiese pagar todos mis gastos y siempre he fingido muy bien. Así que este trabajo es perfecto para mí. Mientras me pinto las uñas de los pies, o me depilo las cejas tumbada en mi cama, intento que los clientes se lo pasen bien, y estén el mayor tiempo posible hablando por teléfono. Dinero fácil.

Tenía todo perfectamente controlado hasta el día en que él llamó. El resto de clientes eran presas fáciles. Pero él era distinto. Hablaba bajo, casi en un susurro, como si tuviera algo que ocultar. Desde el principio me subyugó, había algo en su voz que me excitaba, me hipnotizaba. Con él no había fingimiento. Mi mano era su mano mientras me pedía que me tocara, podía imaginar su boca recorriéndome, mojándome toda. Me llamaba siempre a la misma hora así que me anticipaba a todos sus deseos. Tacones de aguja, botas altas, medias rotas, ropa de cuero. Fui adquiriendo toda una serie de consoladores y estimuladores, así como diversos instrumentos sólo para él. Podía imaginarle contemplándome, y eso me volvía loca. Mientras llegaba al clímax, podía escucharle en el teléfono, jadeando, disfrutando tanto como yo. Después todo terminaba y él colgaba, dejándome sola de nuevo.

Se fue convirtiendo en una adicción, me obsesionaba, cada vez quería más. Tenía su voz alojada en mi cabeza, como una taladradora retumbaba dentro de mí a cada instante. Aquellos juegos eran cada vez más intensos, el dolor se convertía en placer, no había nada que se interpusiera entre yo y sus deseos. Pero no era suficiente. Necesitaba verle, tenía que verle a cualquier precio. El se negaba una y otra vez, decía que era imposible, que no podía moverse de donde estaba, pero tanto insistí que acabo accediendo. Así que quedamos para vernos hoy.

Por eso estoy aquí, esperando. Me siento como si fuera a saltar al vacío. Hace unos minutos dejé la llave bajo el felpudo. Me puse el conjunto negro que tanto le gusta, unas botas altísimas, por encima de la rodilla y me tumbé en la cama. A lo lejos, una sirena rompía el silencio. Y aquí sigo, inmóvil.

Suena el teléfono. Me dice que me cubra los ojos con un pañuelo. Obedezco trémula. Mientras continua hablándome, escucho abrirse la puerta de mi casa. Unos pasos se acercan despacio. Puedo escuchar claramente su voz, ahora desde dos sitios distintos. Dejo el teléfono sobre la cama. Siento unos labios ardiendo en mi cuello, en mis pechos, bajando igual que lo había imaginado tantas veces. No hay nada dulce en aquel contacto, sólo ganas, hambre de mí. Continúa hasta que no puedo contenerme más. Entonces sus manos me aferran para moverme haciendo que me incorpore para quedarme primero de rodillas, y luego con las manos también en la cama. Le siento detrás de mí, diciéndome todas esas cosas que había repetido día tras día a través del teléfono, mientras me penetra ferozmente. Todo mi cuerpo se estremece de placer. Siento cada una de aquellas embestidas furiosas dentro de mí. De pronto me quita el pañuelo de los ojos. Frente a mí, el televisor nos contempla impasible, silencioso. Se suceden imágenes de mantas plateadas, ambulancias. Entonces, aparece la imagen de un retrato robot. No le he visto nunca y sin embargo ese rostro me resulta extrañamente familiar. Mientras el cable del teléfono me rodea suavemente el cuello, mi cuerpo se vence en un orgasmo único e irrepetible.

-Pez Burbuja-

Noches de luna llena

admin | Janky | Lunes, 23 Noviembre 2009

“La luna llena siempre me ha parecido muy bonita, pero su reflejo lo es aún más, no puedo evitar pensar en ti cada vez que la miro, algún día te regalaré la luna” me dijo hace ya dos años. Hasta ahora no lo había vuelto a ver.

Cuando recibí su llamada, después de dos años sin tener noticias suyas me emocioné, incluso no pude evitar que dos pequeñas lágrimas deslizaran por mi cara. No lo había olvidado en estos dos años, sé que él a mí tampoco. Pero aún así se había ido lejos; lejos de mí, y sin embargo no podía odiarlo, no podía rechazarlo. Así que su invitación para ir al chiringuito de la playa en plena noche de otoño tampoco podía ser rechazada. Sabía que por estas fechas no estaría abierto, pero no importaba.

A las diez y media de la noche yo lo esperaba, y apareció, llevaba un estilo muy ibicenco y una mochila al hombro, yo no llevaba ni siquiera un bolso pequeño, pero mi estilo también era muy ibicenco; vestido largo ceñido por la zona del pecho y amplio todo los demás hasta los pies. Solamente llevábamos dos semanas de otoño por lo que el clima aún no había enfriado del todo.

Como yo ya sabia el chiringuito estaba cerrado y la playa desierta, toda una playa con su inmensidad para él y para mí. Para nadie más.

Propuso caminar a la orilla del mar, no pude decir que no. Nos descalzamos y comenzamos a caminar, el agua estaba fría pero pronto me acostumbré a su temperatura. Hablaba sobre su vida, cómo había cambiado, que había vivido… Yo escuchaba y lo miraba. De pronto tomó mi mano y me preguntó “¿confías en mi?; cierra los ojos”. No pude negarme, cerré los ojos y me dejé llevar.

Me dirigía y yo lo seguía. El agua cada vez cubría más mi cuerpo, pero yo seguía con los ojos cerrados.

Cuando ya me llegaba a la cintura se detuvo, me cogió las dos manos, se acercó a mi oído y susurró “Hace dos años te prometí la luna, aquí tienes tu luna”. Abrí los ojos. No me lo podía creer miré a mi alrededor y vi que estábamos los dos juntos justo en el medio del reflejo de la Luna. Por mi cara comenzaron a rodar pequeñas lágrimas. Me besó como nunca antes lo había hecho; suave, lento, delicado… para terminar fundidos en un abrazo.

Pronto los dos empezamos a tiritar por el frío de el agua.
Nos dirigimos de nuevo a la orilla. Allí había dejado nuestro calzado y su mochila, de la que sacó una inmensa toalla que bien podía ser utilizada como manta. La colocó sobre la arena. Se puso en frente de mí “deberías quitarte esta ropa, no es bueno estar mucho tiempo con ropa mojada… podrías enfermar” dijo mientras bajaba uno de los tirantes de mi vestido. Yo no dije nada, sólo lo miraba. Me bajó el otro tirante mediante una pequeña caricia con el dedo. El resto del vestido cayó solo hasta mis pies. Él se quitó la camisa me agarró con una de sus manos por la cintura y volvió a besarme. Esta vez con más urgencia. Se quitó el pantalón y nos tumbamos sobre su inmensa toalla de lado uno en frente del otro. Nuestros cuerpos estaban unidos, solamente la fina capa de tela de nuestra ropa interior los separaba.

Comenzó a deslizar su mano por mi costado hasta llegar a la fina goma de mi tanga. Introdujo la mano en su interior y comenzó a hacer pequeños circulitos con la yema de su dedo en mi clítoris, luego bajo un poco más y me introdujo ese dedo, después uno más y otro.

Los introducía y los sacaba rápidamente hasta que provocó la llegada a mi primer orgasmo. Pude apreciar como su pene estaba erecto así que le quite el calzoncillo y me deshice de mi tanga.

Me puse encima suyo, de espaldas a él y me introduje su pene en mí. Él me ayudaba a marcar el ritmo sujetándome con las manos en mis caderas. Subía y bajaba a un ritmo constante. Lo escuchaba gemir, y eso me excitaba aún más. Yo respiraba forzosamente y de vez en cuando emitía un pequeño gemido. Poco a poco mis movimientos fueron acelerando, buscaban de una manera irracional el principio del fin.

Mis músculos no aguantaban más, mis fuerzas querían traicionarme; pero yo quería seguir; quería ignorar el nudo que se iba formando en mi estómago, quería estar así eternamente… pero no podía. Mis ojos se pusieron en blanco, y de mi garganta salió un grito ahogado. Justo después terminó él.

Me acosté a su lado. Me acarició el pelo. “ Te quiero”, me dijo y desde entonces cada noche, para mí es noche de luna llena.

-Janky-

Relatos varios de una sola

admin | Fly1 | Lunes, 23 Noviembre 2009

Son las 3.13h de una noche cualquiera en la que estoy desvelada. Junto a uno de mis eternos cigarrillos, quizá porque ha llegado la primavera o quizá porque hoy me siento especialmente caliente… y estoy sola… me he animado a explicar una historia cualquiera sobre mis amigos….

Para empezar, voy a presentarnos. Mi nombre es Noa. Soy una chica de 24 años de Barcelona, pelirroja, alta, de piel muy blanca y con las típicas pecas por la cara. Tengo el pelo rizado, no muy largo y un cuerpo bastante espectacular, con muchas curvas y, en especial, con unas tetas grandes y bien formadas, con unos pezones por los que más de uno se ha vuelto loco. Tengo siempre a mi lado a Laura, una venezolana de 27 años, pero que parece una niña inocente (aunque sólo lo parece!!). Es algo más bajita que yo, con unos pechos pequeños y prietos, una piel trigueña y un culito saltón que enloquece a toda testosterona andante. A parte de nosotras, está Daniel, un argentino morenazo, con la eterna barba de dos días y ese acento que me vuelve loquita… a Pol, que es un amigo mío desde hace siglos, tiene un cuerpo de vicio y una mente maravillosamente perversa. El único defecto que habría para una posible relación, es que él es gay. Y finalmente, tenemos a Ricardo, el único brasileiro al que no le gusta el fútbol no baila samba. Es trigueño, alto y bastante flaco, con un pelo revoltoso color café y unos ojos, con esas pestañas infinitas y de un color indefinido que enmarcan una mirada viva, rápida y penetrante.

Aunque nosotros 5 somos inseparables, también vamos siempre con un montón de gente variopinta, muy internacionales nosotros… no somos ni pijos, ni grunges, ni gente fashion… somos jóvenes dispuestos a divertirnos a lo máximo, con una mente muy abierta, insaciables con la fiesta, fumadores compulsivos y alcohólicos y drogadictos sociales.

Os voy a explicar una rebanada de nuestra vida, en la que todos (ya sea porque estábamos en época de primavera, por los astros o la marea) estábamos todos especialmente morbosos, calientes y revoltosos.

Un sábado cualquiera, salimos de fiesta. A petición de Pol (era su 25º cumpleaños) fuimos a una discoteca gay, porque él se tenía que reunir con unos amigos allí. A Laura y a mí nos encantan especialmente las discotecas gays, y siempre nos acabamos desmadrando más de lo normal. Al entrar, el ambiente estaba caldeado. Se respiraba excitación por todos los poros de la piel. Pol se encontró con los amigos que buscaba (en especial con uno que ya lo venía buscando desde hacía unos días). Decidimos ir a comprar unos tragos y, como era día de celebración nos metimos al cuerpo algo de coca.

A mí (siento decirlo, pues no será muy políticamente correcto) pero la coca me pone siempre a cien!!… el ron que me bebía ayudaba a ponerme cada vez más caliente, con ese sabor dulzón que recorría mi lengua y bajaba por mi cuello… con cada trago me ponía más lujuriosa… se que a Laurita le pasa lo mismo y cuando cruzamos los ojos en la pista de baile, las dos estábamos a mil… empezamos a tontear bailando, como siempre hacemos, bailando pegadas, con nuestros pechos rozándose y nuestros húmedos coñitos cada vez más cerca, al ritmo de la música…seguíamos bailando y bebiendo, riendo y buscando…nos acariciábamos, no solo por escandalizar, sino porque al fondo nos apetecía el roce de nuestros cuerpos… en un par de ocasiones, nuestros los labios y nuestras lenguas se fundieron en un húmedo beso, jugando la una con la otra, su lengua de niña inocente con mi pírcing… todo al ritmo de la música, todo en el límite entre el juego y la lujuria… cuando de pronto se nos unieron Ricardo y Daniel al baile (Pol hacía ya un rato que le estaba comiendo la boca a un bombonazo).

Laurita y yo seguíamos frente a frente, Ricardo estaba en la espalda de Laura y Dani se me puso pegado a la mía… Seguíamos el ritmo de una canción que ahora no puedo recordar, bailando los 4, con ese eterno juego de las noches de fiesta locas… Ricardo me sobó mis tetas que ya estaban duras, y luego buscó las de Laura y jugó con sus pezones un rato para bajar luego por su cuerpo… Veía la cara de mi amiga, con esa mirada que sólo tiene ella, en la que consigue combinar una casta inocencia y una escandalosa lujuria. Nos mirábamos a los ojos y yo me reía, mientras sentía el inconfundible bulto que me rozaba el culo: la polla de Dani, que ya estaba dura, y la apretaba contra mí, con sus manos en mis caderas y sus labios mordiéndome el cuello, con su incipiente barba raspando sobre mi fina piel (sabe que eso me vuelve loca). Entre el calor, el ron, la coca, aquellos besos, el roce de su polla y sus manos que jugueteaban ahora con mis pechos, yo estaba apunto de fundirme. Mi coño palpitaba, mi respiración de entrecortaba y mi lengua estaba desesperada por posarse sobre la suya… conseguí girarme y nos empezamos a comer la boca de una forma desesperada, olvidando por momentos el resto de la gente.

En algún momento, volvimos a la realidad, nos reímos y volvimos a la barra, dónde encontramos al resto de la gente… aquello no había acabado… Tomamos unos tragos más, riendo, hablando y bailando entre nosotros. Me había fijado que estaba Cristóbal, un chileno al que conocía de otras veces y siempre nos habíamos tirado miradas demasiado indiscretas. Hablaba con un tal Carlos, un bombonazo con unos labios que prometían bastante. Nos quedamos hablando hasta que cerró la discoteca, Dani se ligó a una tía despampanante, así que cuando salimos me las arreglé para compartir el taxi con Cristóbal y Carlos. Durante el trayecto estuvimos hueveando… yo seguía muy caliente por mi roce con Dani, y quería más… Cristóbal me puso una mano en el muslo y comentó que ya que no estábamos cansados, que nos fuéramos a tomar la penúltima en su casa, a lo que aceptamos enseguida tanto Carlos como yo.

Una vez llegamos, nos sentamos en el sofá los tres, con una copa de vino y algo de trip hop ambiental… No se quien empezó, pero en menos de un segundo yo tenía la lengua de Cristóbal jugando con la mía, mientras Carlos me besaba la espalda y bajaba la mano por mi vientre, se abría paso por los pantalones, el tanga y encontraba, ¡¡por fin!! mi coño, que hacía tiempo que estaba suplicando acción. Me eché el cuerpo para atrás para besar a Carlos, que estaba jugando con mi clítoris, haciendo suaves círculos sobre él, haciendo estremecerme de placer… la camiseta y el sujetador habían desaparecido en algún momento – no me pregunten cuando – y Cristóbal tomó la copa de vino y me la echó lentamente por encima… el líquido bajó por mi cuello, entre mis pechos, llegó a mi ombligo y mojó el minúsculo tanga. Luego con su lengua empezó a besarme y lamer por dónde el vino había pasado, bajando lentamente… me quitó los pantalones y esperó un segundo jugueteando en mi vientre antes de quitarme el tanga, luego se despojó de él rápidamente y me empezó a comer mi hambriento coño… yo gemía de placer, mientras besaba y mordía aquellos labios carnosos de Carlos. Me corrí como una loca rápidamente, pues hacía tiempo que mi cuerpo estaba buscando fiesta. Luego, Carlos y Cristóbal me ayudaron a darme la vuelta, quedando este último a mis espaldas y yo frente a Carlos… Vi la polla de Carlos, que se la estaba masajeando… Era preciosa y estaba dura y brillante. Sin pensármelo me la metí en la boca, y oí el grito ahogado de placer que le produjo… le estaba mamando la polla, jugando con sus huevos, que me los iba metiendo en la boca… la masajeaba con la mano…le pasaba mi lengua por su tronco, jugando con mi pírcing, sorbía su capullo, y luego me la volvía a comer entera…. olía y sabía a sexo… Mientras, Cristóbal, me penetró fuertemente, cosa que me hizo estremecer… me acariciaba la espalda con una mano, y con la otra, se humedeció bien un dedo y me lo metió en el culo, mientras daba círculos… estaba apunto de estallar del placer que sentía…a medida que avanzaba el ritmo, me metió dos dedos… luego tres… yo seguía el ritmo de sus embestidas mientras le hacía una rica mamada a Carlos… Me sentía como una puta, y esto me encantaba… sus embestidas fueron cada vez más feroces, el ritmo cada vez más intenso… el calor que tenía en el cuerpo me abrasaba… era delicioso sentirme penetrada por ese hombre… la sensación de su polla que me tomaba… los dedos en mi culo… aaaahhhh…cuando ya no pudo más y se corrió… en el mismo momento, Carlos soltó un grito ahogado y empezó a verterme todo su esperma en mi boca… para en aquel entonces, yo ya había disfrutado de un par de placenteros orgasmos… nos quedamos a dormir los tres en la cama de Cristóbal… desnudos y abrazados…

El día siguiente, llegué por la tarde a mi casa… durante la mañana estuvimos hablando, comiendo, besándonos y pensando en futuros encuentros…me sentía realmente hecha polvo, por lo que decidí no salir por la noche. A eso de las 8, Daniel me invitó a cenar en su estudio, como muchas veces hemos hecho… y no pude negarme… preparó la cena y abrió una botella de vino… estuvimos hablando y riéndonos los dos en el sofá… me encanta la relación que tengo con Dani porque es relajada y excitante a la vez… Cuando ya no quedaba vino en la botella, nos servimos unos Balantines en las rocas y empezamos a jugar al juego del “nunca nunca” (al que estoy segura que vosotros ya habréis jugado varias veces)… que acabó desembocando en los detalles de una história que tuvo una noche con Laurita. A pesar que ya la sabía de sobras, su forma de contarla me excitó… no sé si fue por su acento, por el vino que llevaba encima… me imaginaba esos dos cuerpos que yo tanto conocía entrelazados… besándose, con el coñito de Laura pidiendo más… me contaba los detalles, los olores, los comentarios lascivos que se hacían… mientras hablaba su respiración era entrecortada… yo me humedecía los labios… me empecé a acariciar los pechos… me abrí los botones de los pantalones y me metí la mano dentro para encontrarme con un clítoris que pedía juego a gritos… Dani seguía hablando y sonriendo, detallando como le penetraba a Laurita… se divertía y excitaba al ver mi estado, y eso me ponía todavía más caliente… y me metí los dedos porque estaba ya apunto de correrme… Entretanto, él se sacó su polla que ya estaba apunto de estallar… estaba completamente dura y brillante… podía oler el olor a sexo que emanábamos los dos, todavía separados… retardando el momento… empezó a meneársela suavemente mientras me seguía contando la historia con una voz cada vez más lujuriosa… con ese acento argentino que tenía… hablaba casi susurrando, con la voz entrecortada… yo le miraba su sexo y seguía imaginándolo con Laura… estaba ardiendo, mis dedos ya no me eran suficientes, así que en un momento me senté a horcajadas encima de él y en menos de unos segundos mi coño engulló su pene con rapidez, mientras nuestros labios fundidos ahogaron el grito… le pedí que siguiera hablando… que me contara más… mientras cabalgaba encima de él, medio recostado en el sofá… me narraba cómo Laurita le comió la polla… cómo la penetró por detrás… cómo se arqueaba su espalda con cada embestida… cómo ella movía las caderas rítmicamente… cómo subió y subió el ritmo… los gemidos, los olores, los sudores, las súplicas… cada vez más rápido… cada vez más caliente… hasta que al final estallé y empecé a correrme… Dani se calló por primera vez, soltó un acallado gemido y se corrió conmigo… caímos rendidos al sofá… sudorosos… y nos acariciamos un largo rato, susurrando todo para que no se cortara el ambiente… hasta que al final nos quedamos dormidos.

Poco después de eso, llegó una de las noches más esperadas: la noche de la Revetlla de Sant Joan. Nosotros habíamos planeado ir a casa de uno de nuestros amigos, en la Costa Brava, justo frente a una pequeña e íntima cala. Nos aprovisionamos de un arsenal de comida, alcohol y algunas drogas para recibir el solsticio de verano. Fuimos unas 15 personas en total en varios coches. En el que fui yo, estaba con Laurita, Pol y Ricardo. Nos pasamos mucha parte del viaje fumando, hablando sobre la fiesta y escuchando música. Ricardo iba conmigo sentado en el asiento de atrás. Era el más reciente de nuestras adquisiciones, un chico un poco reservado pero con cierto sex-appeal. Todavía no había tenido nada con él, salvo cuatro tonteos en noches de fiesta. Todavía.

Hacía un calor bastante insoportable aquél día, y el coche no tenía aire acondicionado, así que el ambiente estaba ya bastante caldeado. Yo llevaba unos shorts cortitos y una camiseta escotada. Mi piel estaba húmeda por el calor y algo ruborizada, no sólo por la temperatura, sino por las miradas de aquel brasileiro, que me estaba invitando a un territorio no explorado todavía… Tenía una mirada profunda, enmarcada por aquellas tupidas pestañas y una media sonrisa que prometía más de lo que me decía… jugaba con mis pies y mis tobillos, mientras seguíamos hablando y riendo hasta llegar por fin a la casa… Cuando salí del coche, supe que aquella noche lo pasaría a lo grande.

Cuando aterrizamos todos, ya estaba cayendo la noche, así que nos apuramos para preparar bien la fiesta: hicimos una gran fogata en la playa (como debe ser), pusimos en una mesa las bebidas y la comida que habíamos traído. Unos cuantos fueron a por hielo, en el pueblo que estaba a 3 km de la casa y se preparó una mesa de música en la que nuestro amigo Felipe, un dominicano encantador, tranquilo y buena onda, haría de dj durante toda la noche. Mientras preparaba la comida, estaba con Laura. Le conté lo que pasó entre Dani y su polvo, y nos reímos a lo grande. Sé que ella también lo ha hecho a veces. Explicarnos nuestras relaciones, entre nosotras o con nuestros amigos, es algo que siempre nos pone mucho a tono.

El cielo estaba maravillosamente despejado, y cuando comenzó la fiesta pudimos ver un precioso despliegue de estrellas, que en Barcelona cuesta encontrar. El ambiente estaba bastante caluroso. Aquella noche era la Revetlla de Sant Joan. Es una noche mágica. Hay algo en el aire, en la gente… una locura especial que sólo ocurre esta vez en todo el año. Es mi noche preferida. Siempre lo ha sido.

Yo llevaba puestas una faldas bien cortitas y un bikini azul celeste. No hacía falta más ropa. Se podían ver mis muslos bien contorneados que tanto había mirado Ricardo durante el viaje y mis pechos bien formados, cubiertos sólo por un pedacito de ropa… mis pezones estaban duros… tenía la cara radiante, el pelo con todos los rizos revueltos…Iba a ser una gran noche.

Empezó a correr la comida, la bebida, la coca y algunos besos (tanto castos como perversos). La música se expandía fantásticamente por toda la playa, y la hoguera producía un calor excitante y propiciaba un ambiente de luz y sobras, en el que nos movíamos todos, bailando, saltando, riendo, abrazando…

En algún momento de la noche me quedé sola con Ricardo hablando junto la hoguera, mientras algunos la saltaban por enésima vez. Estaba radiante, nunca lo había visto así. Llevaba puesto sólo unos jeans gastados. Sin camiseta, se podía apreciar el torso desnudo que, aunque flaco, estaba bien fibrado. Empezó a tocarme los pies, como en el coche, pero poco a poco, se adentró por las piernas y los muslos… Tenía aquella mirada fijada en mi… mi corazón latía cada vez más fuerte… notaba palpitaciones en mi húmedo sexo… y él seguía masajeándome los muslos… cada vez más descarado… cada vez más insinuante… y seguía con aquella mirada fijada en mí… mientras hablábamos de la inmortalidad del cangrejo y otras cuestiones de interés. El ron y la coca que me había tomado, bullían por mi sangre… la música arrastraba nuestra mente… ya no hablábamos, sólo nos mirábamos y sonreíamos… nos invitábamos mútuamente a dar el primer paso, aunque ninguno de los dos quería porque disfrutábamos demasiado del momento… veía el bulto que crecía bajo sus jeans, alargué una pierna y puse mi pie sobre su sexo… Ricardo soltó un tímido gemido… empecé a mover el pie, masajeando su polla por encima de la tela… notaba cómo crecía… notaba gran su tamaño… arañó mi muslo con sus uñas… tenía la boca entreabierta, los labios húmedos… yo tenía ya todo el cuerpo ardiente… me había olvidado de la fiesta… me había olvidado de…

Laura y Pol y otros tres. Me cago en la puta!! Llegaron justo en este momento. Ebrios perdidos, chillando y riéndose a carcajadas… Nos miramos con Ricardo y nos pusimos a reír como locos… Bebimos un poco más de ron… un poco de maria… y tomamos la democrática decisión de irnos al agua!! A pesar de que las corrientes son bastante fuertes, y que no nos podíamos fiar de nada, dado nuestro estado, no entramos mucho. Lo justo para remojarnos y huevear un rato. El contacto con aquella agua fría me sentó de maravilla. Sentía el sabor salado en mis labios, el contacto de las olas en mis muslos y mis pechos… Mientras estábamos jugando todos, Ricardo y yo nos acercamos, buscando lo que antes no nos dejaron terminar.

Sin aviso alguno, nos fundimos en un beso eterno. Nuestras lenguas se entrelazaron. Notaba el sabor a sal y a ron… sus labios eran carnosos y me encantaba morderlos lentamente… Sus manos bajaron hasta mi culo y empezó a apretarme hacia él… sentía el bulto de su entrepierna sobre mi sexo… Me besó en el cuello y luego bajó hasta mis pechos, apartó el bikini y empezó a besarlos y morderme los pezones. Yo tenía las uñas clavadas en su espalda, le pasaba las manos por su pelo mojado… Nos separamos un poco de la gente, y nos tiramos en la arena… Él estaba encima mío, y yo lo envolvía con mis piernas… su sexo estaba duro, pero quería seguir jugando… nos continuamos besando y acariciando … Luego liberó su pene y me penetró al momento que me daba un tierno beso … Tenía la polla muy grande, muy gruesa… pero no tuvo ningún problema para entrar: yo hacía tiempo que estaba esperándola… empezó un rico vaivén, mientras yo seguía acariciándole los pectorales y él me susurraba al oído lo caliente que estaba y lo mucho que lo había estado esperándolo… sus embestidas eran fantásticas… le pedía más… ya no podía susurrar nada, simplemente intentar respirar ante semejante calentura… la sangre me ebullía por las venas, sentía el roce con la arena en mi espalda… siguió y siguió… ya no podía mas… aaaaahhhhhhhh… me corrí como una loca un par de veces antes de que él por fin se corriera también y se rindió tendido entre mis brazos… nos quedamos unos minutos eternos tirados en la arena, con las olas del mar en los pies… recuerdo que pensé que parecía una puta película… era fantástica aquella sensación…

Al rato volvimos a la hoguera, y con las risas y las miradas, no hizo falta decir nada a nadie… nos quedamos hablando todos, mientras estaba recostada encima suyo y él me abrazaba con ternura y me acariciaba los brazos, el cuello y el pelo. Continuamos bebiendo y fumando maría, con la música de fondo, hasta que salió por fin el sol… al rato nos volvimos poco a poco a la casa, dónde conseguimos dormir un poco… Con Ricardo dormimos juntos, abrazados y exhaustos.

El siguiente día descansamos todos hasta tarde, comimos algo y nos regresamos a Barna. Teníamos que recuperarnos porque no quedaba mucho hasta el próximo fin de semana… y nadie sabe lo que puede pasar!!

Un beso,

Autor: Noa. Publicado por Fly1

Algo más que amigos

admin | Fly1 | Lunes, 23 Noviembre 2009

Todo sucedió en una noche que había empezado muy mal, un grupo de amigos y yo vagábamos por un parque que recorría la costa de nuestra ciudad. Habíamos pasado unas pequeñas vacaciones en casa de Ana, y todo parecía ir muy bien, demasiado bien, tanto que yo empezaba a preocuparme, y efectivamente, aquella noche algo explotó.

Dos miembros del grupo se habían separado del resto, se trataba de Raúl y Pedro, el resto, José, María, Ana y yo, reíamos estirados en un banco. Total que Pedro y Raúl se acercaron de improviso y comenzaron despotricar a diestro y siniestro. Por lo visto tenían un complejo de marginación, (siendo ellos mismos los que se marginaban) yo hasta el momento había estado de buen humor, pero aquello se acabó, hay cierto tipo de personas que necesitan estallar de vez en cuando y a estas les tocó hacerlo cuando yo mejor me lo estaba pasando. Como era habitual en aquellos tiempos terminamos en casa de Ana, aprovechando que sus padres no estaban, discutiendo la jugada ya en altas horas de la madrugada. Durante la discusión me fije en que Ana tenia cierto aire de disgusto, el asunto iba mas con ella que con nadie más, había estado saliendo cerca de dos años con Raúl y lo habían dejado no hacía demasiado tiempo. Aunque parezca ilógico, Pedro, también parecía sentirse engañado con el fin de la relación entre Ana y Raúl, yo creo saber los motivos pero ahora no es el momento de contar eso. Me centro, la cuestión es que Ana y yo coincidíamos en muchos aspectos, más que con nadie que me hubiera encontrado nunca, los dos teníamos algo de introvertidos y bastante de calculadores, a los dos nos divertía observar las situaciones desde posiciones poco habituales. Todas nuestras conversaciones eran del estilo… “Sí… Sí… y yo también!… exacto eso pienso yo…” etc.

La verdad, solo había un problema, no parecía que tuviéramos la habilidad de comunicarnos sin que María estuviera delante. María era la mejor amiga de Ana y mía a la vez, y en broma siempre nos preguntábamos por qué la necesitábamos para poder hablar entre nosotros dos.

Esa noche la conversación entre todos nosotros avanzó a un punto en que Ana se dirigió a mi exactamente de la siguiente manera (nunca podré olvidarlo) “A veces parece que tu y yo nos llevamos muy bien pero otras… no se”. Nada que hubiera dicho desde el momento que la conocí hasta entonces me había afectado tanto como esas palabras, y yo no sabia por qué. Viéndolo ahora resulta clarísimo, estaba coladisimo por esa chica, pero yo mismo me lo había estado ocultando hasta ese momento, Ana había tenido problemas con otros chicos que yo conocía y quizá por eso me retenía a mí mismo.

Como resultado de ese choque de seguida vino a mi mente por qué no podía discutir con ella sin María, Ana me gustaba, me gustaba mucho y no estar a solas con ella era la mejor forma de que no se notara. Supongo que inconscientemente evitaba estar solo con ella. No pude escuchar el resto de la discusión, tan solo otra vez la pregunta en los labios sonrientes de María “¿Por qué no podemos discutir sin María?”, “Creo que lo se” respondí sin pensar, ella alzó sus preciosas cejas y me pregunto otra vez, pero yo evadí la pregunta el resto de la noche.

Todos se fueron yendo a casa, uno tras otro, hasta que al final, solo quedábamos Pedro y yo y estabamos a punto de despedirnos. En el portal de su casa, justo cuando yo iba a poner un pie en la calle, Ana me volvió a preguntar. Me acuerdo perfectamente que me quedé con un pie al aire, me dijo que me quedara y se lo contara, entonces lo supe, “si me quedo lo suelto todo” pensé, y tomé una decisión. Pedro se fue, (debían ser cerca de las 6 de la mañana), y yo volví a poner los pies dentro de casa de Ana. Lo que siguió fue hasta cierto punto ridículo, por un tiempo me dediqué a destrozar palillos con los dientes, mientras le iba contagiando a Ana mi nerviosismo. Era increíble ver su cara, estaba guapísima, sentada en un sillón de mimbre. Poco a poco le fui haciendo comprender por qué estaba nervioso, con lo que al fin (Dios sabe lo que me costo) pude decir ” lo que intento decirte, Ana es que Me gustas…”. Ana en ese momento dio un respingo, yo pense que se iba a enfadar o a tomar mal… yo que sé. Pero al contrario… ahora estaba más tranquila que nunca, y eso me desconcertó.

“Ya sé que no estas en muy buena situación para salir con alguien pero…”, y me interrumpió, no con un gesto o una palabra, sino con un dedo, un dedo en mis labios. Callé de inmediato. “Tu también me gustas, tonto” me susurro y cuando yo, pasmado (nunca llegue ni tan solo a imaginar que yo le gustaba) intente responder me volvió a interrumpir, esta vez con un beso. Se levantó de su sillón sin dejar de besarme y se recostó junto a mí en el sofá de al lado. Todo mi nerviosismo pasó de golpe, o mejor dicho se situó en otra parte de mi cuerpo, mi excitación era evidente y cuando Ana se tumbo sobre mi no pudo más que volver a sonreír. Para entonces yo ya había pasado a la botonera de su vestido y su escote dejaba ver un finísimo sujetador blanco de encaje que retenía sus pechos abundantes, aunque no demasiado. Tenerla encima de mí contoneándose y luchando por desabotonar mi camisa me arranco un gemido de excitación que no pude controlar. Una vez terminé con los botones de su vestido puse las palmas de mis manos sobre sus pechos, masajeándolos ligeramente con un movimiento circular, los contoneos de ella pararon por un momento y me miró a los ojos, podía ver el deseo en los suyos, un aspecto de ella que no conocía y que me estaba calentando sin límites. Su mirada se deslizó hasta mis manos que seguían arduamente en su trabajo, y entonces prosiguió su movimiento, esta vez proyectando su cuerpo contra mis manos en un vaivén embrujador. Con una mano libre se quito el sujetador y se sentó sobre mi cintura para quitarse el resto del vestido mientras yo me quitaba la camisa y desabotonaba el pantalón. Ahora, tan solo con las bragas puestas, volvió a tumbarse sobre mí dejando notar el peso de sus pechos contra el mío, besándome de nuevo, jugueteando con mi lengua, mientras yo acariciaba el resto de su cuerpo, pasando las manos por debajo de su ropa interior. Nuestros suspiros y pequeños gemidos empezaron a ser audibles y Ana comenzó a presionar alternadamente su pelvis contra la mía aumentando la presión progresivamente.

“Vamos a hacerlo…” me dijo entrecortadamente. Inmediatamente lleve una mano a mi entrepierna, notando la humedad que el movimiento de Ana había dejado allí, de un tirón baje los pantalones hasta mis rodillas y me descalcé, ella terminó de quitarme los pantalones y se monto otra vez sobre mí. Ahora ya podía notar la humedad a través de mi ropa interior. Al fin Ana se tumbo boca arriba y deslizó la ultima pieza de su ropa interior dejando ver un triángulo oscuro entre sus piernas. Tumbado ahora yo sobre ella, besaba su cuello, sus pezones, con pequeños mordiscos escuchando como su respiración era más pesada cada vez.

” Ufff fff…” Había sentido como su mano agarró mi pene fuertemente y comenzaba a masturbarme, signo inequívoco de que se le estaba acabando la paciencia. Me deshice de ella de un movimiento rápido y levante una de sus piernas por encima de mi hombro, suavemente tracé un camino con mi lengua sobre su piel, cuando llegué al ombligo Ana no parecía tener dudas de hasta donde iba a llegar a juzgar por el ajetreo de sus caderas, y cuando posé mis labios sobre los suyos e introduje mi lengua entre ellos arqueó toda su espalda gimiendo profundamente de puro placer. Su vagina estaba mojadisima, incluso había comenzado a manchar el sofá, mientras yo trabajaba su clítoris con toda mi boca. “No… no… quiero correrme así… te quiero a ti… VENGA” me dijo. Realmente estabamos haciendo mucho ruido, nuestros gemidos y los crujidos del sofá de mimbre llenaban toda la habitación. Me eché sobre ella y en tan solo un segundo Ana tenia mi pene durisimo es su mano y lo guiaba y frotaba entre sus muslos, note como ponía sus manos en mi cintura, como empujaba con todo su cuerpo. Mi pene se hundió hasta la base temblando. Los dos soltamos un grito ronco y nos detuvimos un momento saboreando la sensación que inundaba nuestros cuerpos, unidos al máximo. Luego poco a poco tanto ella como yo empezamos a embestirnos suavemente, alternándonos. Nos besamos, la sensualidad era maravillosa, y mirándola entonces, con sus labios entreabiertos, suspirando, estaba más hermosa que nunca. Ana me cogió por la espalda, empujándome con ternura, haciéndome aumentar el ritmo de mis acometidas, jadeando con ellas, apretando su pelvis de modo que la penetración fuera más profunda.

Entonces empecé a perder el control, gimiendo puse mi cara en el hueco de su cuello y me desboque entre sus muslos, notando como ella levantaba sus piernas permitiéndome llegar más hondo que nunca. Recuerdo su respiración, sus quejidos en mi oído. Ella también estaba fuera de sí y me apretaba con las piernas desesperadamente, empujando convulsivamente mi pene dentro de ella. Gritábamos como locos forcejeando uno contra otro en busca del orgasmo, perdidos en una marea de sexo que parecía que nos iba a ahogar. Por fin, levantando mi torso con mis brazos, entrechocando sonoramente un par de veces mas nuestras caderas y haciendo un enorme esfuerzo dentro de ella, mi cuerpo se estremeció en un orgasmo brutal que la inundo hasta hacerla temblar y arquear su espalda hasta el límite, teniendo un orgasmo que parecía que no iba a terminar nunca, mientras gritaba, jadeaba, chillaba de la forma mas explosiva que soy capaz de recordar.

La mire de nuevo a los ojos, que brillaban, entrecerrados por el cansancio. Sin aliento, me deje caer sobre su cuerpo mojado por el sudor. Su piel sabia a sal.

-Fly1-