Hoy
Viernes, Mayo 15th, 2009
San Antonio de Bejar (Texas). Seis de Marzo de 1836.
Hacía unos pocos minutos que se había separado de ella y ya la echaba de menos. Un rudo hombre como él reconocía en lo más profundo de su ser que sus miedos lo eran menos cuando la tenía al lado. Y ahora sabía que se enfrentaría al más grande sin ella, y lo que era peor: No la volvería a ver. El General Santa Ana, en un gesto, no se sabe si de generosidad, caballerosidad o simple piedad, había permitido a las mujeres y niños que aún había en la Misión salir libremente de ella, sabiendo que quien se quedara estaba condenado irremisiblemente a la muerte.
Hasta hoy, las palabras Libertad, Patria, Independencia habían salido de sus labios los últimos días como si fueran lo único importante en el mundo, como si no existiera otra cosa fuera de esos conceptos, tan bonitos como inútiles en ése momento. Ahora lo que le importaba es que ella se hallaba fuera del alcance de sus brazos y de sus besos, y que abrazarla era lo único que anhelaba en ésos instantes.
El primer cañonazo retronó a lo lejos y pudo oir la gran mole de acero incandescente surcar el aire hasta explotar con un mortal estruendo cincuenta metros detrás de la balaustrada donde él se hallaba parapetado. El ruido era espantoso, pero lo peor era el silbido del obús surcando el cielo, que hacía rezar al más valiente para que callera a la suficiente distancia. Éste no era para él.
¡Ya vienen!-gritó un hombre.
Pudo ver como unas cuadrículas de soldados, elegantemente ataviados, comenzaron a avanzar lentamente frente a donde él se encontraba. Apuntó cuidadosamente a la figura que, por experiencia, detectaba como un mando, posiblemente un sargento que estaría tan muerto de miedo como él mismo. La voz de David, el famoso David Crockett se alzó como un rugido sobre el ruido de la artillería.
¡Aguantad!- gritó- ¡Asegurad el blanco!
Había sido un verdadero apoyo contar con el senado Crockett y sus hombres durante esos días, fieros hombres con una puntería envidiable y corazones de león en la batalla.
Siguió apuntando cuidadosamente sobre el hombre, al que ya podía ver más claramente. Era un veterano suboficial que arengaba a los suyos disimulando el pavor que sentía en esos momentos. Seguramente había visto ya caer a muchos de los suyos en esas doce terribles jornadas de lucha, sangre, fuego y dolor, y ahora debía presentir que podía ser él el siguiente en caer. No se equivocaba. A esa distancia el disparo era seguro.
Cuatro columnas avanzaron por todos los costados de la Misión franciscana, de forma lenta pero segura e inflexible. Los hombres que se parapetaban tras los derruídos muros rezaban interiormente sabiendo que su final se hallaba cerca, pero sin dejar de apuntar a otros hombres que, a su vez, también rezaban.
“Mamá… mamá… quiero salir de aquí… no quiero mori” se repetía incesablemente, sabiendo que su ruego no sería escuchado…
¡Fuego! -gritó una voz.
La descarga de fusilería fue cerrada y varias figuras cayeron al suelo a unos cincuenta metros. Sin embargo, el resto de soldados siguió avanzando con irresoluble determinación. Tenían que recargar rápidamente sus armas si querían tener la oportunidad de un nuevo disparo, que sabían inútil.
Tres granadas estallaron en el interior de la misión haciendo caer cubiertos de sangre y vísceras a varios hombres. Esa debía ser la señal, porque los hombres que avanzaban caminando, empezaron una loca carrera llena de gritos y juramentos. La baqueta resbalaba de sus manos cuando intentaba apretar la pólvora, la bala y el trozo de cuero que serían mortales para otro ser humano en caso de poder acabar su recarga.
Cuando lo consiguió, ya algunos soldados trepaban por las toscas escaleras que habían apoyado en los muros los mexicanos. Solo le dió tiempo para disparar en pleno rostro a un muchacho de no más de veinte años que lloraba mientras gritaba con un fusil en la mano en una loca carga. Su cabeza se convirtió en un amasijo de carne, huesos, sangre y sesos, prácticamente desaparecida encima de su cuello.
Se replegó junto a otros al interior del patio de la Misión, intentando tener tiempo para un tercer disparo, pero ya las defensas estaban superadas y los soldados corrían como una marea sin control por los muros de la edificación. No les daba tiempo a cargar, por lo que asió su fusil a modo de maza y esperó la muerte junto a sus camaradas…
“Mamá… mamá… quiero irme de aquí” -le volvió a repetir su estúpido cerebro.
Consiguió descargar un fuerte golpe con la culata de su fusil en la cabeza de un soldado que corría bayoneta en ristre hacia él… otro hombre recibió un fuerte revés en el hombro, pero otros cuatro se abalanzaron sobre él, con sus relucientes bayonetas encaradas a su pecho…
Sorprendentemente no sintió dolor alguno. Solo una falta de aire y una sensación caliente recorriendo su vientre lacerado.
“Mamá… ¿Por que no me has sacado de aquí?”…
Cayó al suelo vomitando sangre. La batalla del “Alamo” había terminado para él. Sería parte de una leyenda…
-Borken-
