Un joven andaba desde hace días por el monte, por un paraje que desconocía y del que no sabía cómo salir. Su camino era errático desde hacía tiempo y el hambre y la sed le asediaban a todas horas, puesto que solo había encontrado pequeños charcos donde beber y se había alimentado de los escasos frutos que el árido bosque le había ofrecido.
Ni siquiera sabía si la senda que seguía le llevaba a algún lado ya que sospechaba que la misma no hacía más que dar vueltas sin sentido y le llevaban otra vez a ninguna parte. Sin embargo la senda le llevó por fin a un camino mucho más amplio y despejado. Confió que el camino le llevaría por fin a su meta, aunque ignoraba cual podría ser esa meta. Solo sabía que quería llegar a un sitio definitivamente. Y se dispuso a seguirlo. Al fin y al cabo ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Seguir dando vueltas sin sentido? Empezó a caminar…
Anochecía cuando llegó a una bifurcación del camino y se quedó perplejo y asustado. ¿De nuevo vendrían las dudas? ¿Cual era el camino correcto? No había ningun cartel que le indicara nada y solo se podía fiar de su instinto.
Por su sentido de la orientación, sospechó que cada uno de los caminos le llevaban a cada uno de los montes, casi gemelos que veía a lo lejos. Casi no los distinguía, pero sabía que uno de los dos era la meta que anhelaba desde que empezó a andar. En el de la derecha, una gran luz coronaba la cima. Era una luz atrayente y fuerte, segura de si misma. En el de la izquierda pudo vislumbrar un grupo numeroso de luces mucho más pequeñas que la anterior, bonitas y cálidas.
No se decidía por ninguno de los ramales y se quedó sentado, asustado de nuevo ante la decisión.
De pronto un viejo caminante se plantó delante de él. Era un hombre cuyo exterior dejaba ver que la vida había pasado por él de forma intensa, con la piel ajada por el tiempo y la intemperie y las ropas propias de quien había recorrido muchos caminos. Le miró con ojos bonachones, entendiendo en parte las tribulaciones que pasaban por la cabeza del joven. Éste ni siquiera se había percatado de su presencia, sentado en una piedra preocupado por la decisión que no se atrevía a tomar.
El caminante tomó asiento delante del joven y, pausadamente, sacó tabaco de una bolsa y se puso a rellenar una vieja pipa de marfil y madera. El joven se percató por fín de su presencia y le miró suplicante. “Buen hombre” le dijo. “Se nota a la legua que usted ha recorrido muchos caminos y conoce a la perfección éste paraje… ¿podría decirme a donde llegan éstos dos caminos? No se cual escoger y me asusta equivocarme”.
El caminante aspiró una fuerte calada de su pipa y miró primero a una montaña y luego a la otra. Observó ambas con exasperante parsimonia, intentando detallar en su retina las diferentes luces que habitaban en las cumbres, para intentar descubrir qué significaba cada una.
El joven se empezó a poner nervioso. “¿Me ha oído?” le dijo.
El caminante carraspeó y asintió con la cabeza. “Joven” le respondió… “eso tienes que decidirlo tu. ¿Cual crees que es el mejor camino?”
El joven miró las luces y le contestó “creo que la grande es mucho más bonita y llamativa… Tiene más fuerza y es más atrayente, aunque no se de donde puede venir…”
El caminante sonrió y asintió… “Si, si que es bonita y fuerte… aunque también las otras son bonitas. Más pequeñas, mucho menos altivas, menos grandielocuentes, pero en conjunto son tan fuertes o más que la otra… La verdad es que no sabría qué decirte.”
“Vaya ayuda que me ha dado…” espetó enojado el joven. “Seguro que Vd. sabe la respuesta pero no quiere dármela”…
El caminante suspiró y le dijo “Si. Es posible que lo sepa, porque hace tiempo que me encontré en tu situación. Y elegí uno de los dos. Pero verás que sigo caminando y no me quedé allí, porque la respuesta no está en las luces, sino dentro de tí. Si miras a tu interior, sabrás cual es el mejor camino para seguir…”
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Un año más tarde el joven volvió a encontrarse con el viejo caminante en la misma piedra donde le vió por última vez. Enfadado, arrojó su zurrón a sus pies y se dejó caer sobre un tocón de un arbol que había junto a la bifurcación que meses atrás les había separado.
“Viejo” -dijo el joven- “Podías haberme ahorrado el camino. Allí no encontré nada de lo que buscaba.
El caminante, haciendo caso omiso de sus malas formas, miró al joven con bondadosos ojos y, mientras empezaba a rellenar su pipa le preguntó:
“¿Nada?… ¿Seguro que no encontraste nada? Descríbeme que encontraste y verás como esa afirmación no es cierta”.
“No. No encontré nada-dijo el joven- Cogí el camino de la derecha, el que llevaba a la luz grande. El camino era mucho más empinado de lo que parecía desde aquí, pero tenía que llegar y, con gran sufrimiento seguí adelante. Y cuando por fín subí la montaña encontré lo que esperaba. Una gran luz blanca que inundaba todo y a todo daba una claridad espectacular. Todo era muy bonito bajo esa luz. Me senté y disfruté de esa belleza. Pero a los pocos días me aburría, porque nada cambiaba. Todo seguía igual de estúpidamente hermoso que cuando lo encontré. Así que me puse a explorar y descubrí que había otro camino que iba de una cima a otra. Eso no me lo dijiste. Si me hubieras dicho que ambas cumbres se comunicaban, no me habría deshecho en dudas sabiendo que tan fácilmente podría disfrutar de ambas cosas.”
“Mmmm- murmuró el caminante sin dejar de rellenar con parsimonia su pipa.- ¿Y qué hiciste entonces?”.
“Me puse a seguir el camino, que era mucho más fácil y llano que el anterior, y a las pocas horas llegué a la otra cima… En principio era algo menos hermoso. Las pequeñas luces no iluminaban todo igual que la grande. Hacía un buen efecto pero no tenía punto de comparación con la otra cima. Sin embargo, poco a poco me puse a observar una por una las luces. Cada una de ellar era hermosa por sí misma. Las había azuladas, rojizas, amarillentas… de todos los colores. Eran preciosas. Me pasé horas y horas analizando cada una de ellas, descubriendo sus matices y admirando su pequeña perfección. Pero cuando llevaba unas semanas allí ya me las conocía todas de memoria y no podía sacar mucho más de ellas. Eran bellas pero aburridas. No cambiaban. Cada una seguía con su simple hermosura sin mutar, sin darme alicientes nuevos. Siempre igual. Al final abandoné también esa cima y aquí sigo, andando y buscando lo que al principio buscaba, sin saber aún qué es…”
El viejo aspiró una profunda bocanada de humo de su pipa. Miró al joven, mientras que las brasas se reflejaban en sus ojos. Respiró con gesto cansino y le dijo:
“Realmente has encontrado lo que buscabas, pero estás tan cegado que no lo has visto -Le dijo.- Mira. Esas dos montañas con sus luces las pusieron hace muchos siglos ahí los Dioses para enseñarnos algo. En la primera pusieron una gran luz que representaba la “gran meta” que todos buscamos en la vida, el logro final que nos haga felices y con el que nos sintamos realizados. En la segunda cima pusieron muchas luces pequeñas y bonitas, pero no lo suficientemente hermosas para que nos dieramos cuenta de que ese conjunto es lo que es hermoso en sí. Representan las pequeñas alegrías cotidianas que nos encontramos a diario, las cosas que nos hacen sonreir día a día por un minuto, pero que se nos olvidan enseguida cuando nos obsesionamos por lo demás, por nuestro logro. El caso es que ninguna de las dos nos llenan del todo porque lo que buscamos, como te dije, no está fuera sino dentro de nosotros. Si buscamos en el exterior, al final nos aburrimos y nos parece poco, porque es parte del ser humano el ser inconformistas con todo”.
Vació las cenizas golpeando su vieja pipa en una piedra, miró al joven y, mientras recogía sus enseres, continuó.
“Los Dioses quisieron enseñarnos que la vida no se encamina hacia ninguna de las dos cumbres, pero que hay que visitar ambas y valorar las dos. Debemos saber buscar nuestro “Gran logro” y realizarnos, pero también debemos disfrutar de las pequeñas cosas que nos da la vida. Sin embargo, lo que realmente debemos hacer es seguir caminando porque la vida es nuestro camino y nuestra verdadera meta. El camino es lo verdaderamente importante y lo único que podemos esperar. El resto lo encontraremos en nuestro camino porque siempre está ahí. Para conseguir nuestras metas debemos esforzarnos al máximo sin cejar en el empeño. Pero con sacrificio lo alcanzamos siempre. Para conseguir disfrutar de las pequeñas cosas que nos da la vida no hay que esforzarse tanto. Solamente abrir nuestro corazón y, con un poco de humildad, deleitarnos con ellas. Pero lo importante es seguir siempre adelante, seguir el camino y recordar que ambas cosas siempre estarán a nuestro alcance”.
Dicho eso, el viejo se dispuso a seguir su propio camino. Pero antes de dar el primer paso, se acercó al joven, que le miraba embobado y avergonzado de su propia estupidez, y, poniéndole una mano sobre el hombro le miró y le dijo:
“Lo verdaderamente hermoso es poder seguir andando y disfrutando de nuestra marcha… Te aconsejo que lo hagas, pero ahora sin preocuparte de donde llegará tu camino y de lo que habrá al final. Solamente disfruta de él, que él mismo te irá poniendo todo lo que buscas delante de tí. No te preguntes adonde vas. Solamente camina y deléitate con todo lo que vayas viendo. Solo así podrás encontrar la paz y dejar de atormentarte…”.
El viejo caminante se alejó del anonadado joven silbando una antigua canción y mirando al cielo sin preocupación.
Borken