Archive for the ‘Borken’ Category

Gracias amigo…

Sábado, Noviembre 21st, 2009

Ese maldito lunes llegó. Ese maldito día en el que te rendiste, en el que decidiste que ya no podías seguir luchando y que ya no querías vencer a lo inevitable. Y simplemente decidiste tumbarte a esperarme.

El tiempo es inexorable e inapelable. Mierda de reloj. Poco a poco has ido cayendo sin entender por qué esa pelota a la que siempre atrapabas, ahora corría más que tú. Mirándola pasar a tu lado, desafiante, mientras tu ya blanco hocico y tus borrosos ojos la seguían, comprendiendo, con la sabiduría que da la edad, que ella nunca podría ganar. Y no podría ganar porque la pelota no tenía sentimientos y tu has vivido una vida plena de ellos, con el amor y el cariño de quienes siempre te han rodeado y querido.

No lo entendías… ¿o sí?. Simplemente llegó un lunes cualquiera y decidiste tumbarte, decidiste no luchar más y  esperar a que yo,  tomara por tí una decisión que hace tiempo me indicabas con tus ojos pero que yo no quería ver… Y llegué, y estuvimos un rato como antaño, tu con tu cabeza sobre mis piernas, agradeciéndome mis caricias y temblando, no de miedo, del maldito miedo que estos últimos tiempos te atenazaba cuando te aventurabas en la negrura de “tu” jardín, cuando veías que te caías o que no podías correr… ese miedo que te hacía volver hacia tu casa rápido, allá donde te sentías seguro.

Temblabas ante la emoción de saber que había llegado para liberarte de tus angustias y tus dolores, disfrutando de cada una de las caricias que yo te daba con el alma. Y, pese a tus temblores, pese a saber que me estabas dando la señal, simplemente estabas conmigo, disfrutando de esa unión que siempre nos ha caracterizado…

El jueves, ese día elegido te dirigiste con paso inseguro hacia las batas verdes que con tantos ladridos y gruñidos les has reprochado, ésta vez en silencio, en calma, con paso vacilante pero a la vez firme, con nuestra ayuda, sabiendo que mientras nosotros aún nos agarrábamos a un clavo ardiendo, tu destino estaba decidido y era el que querías.

Simplemente te tumbaste, tranquilo, relajado, sin temblar… con la cabeza en mis piernas y la mano de tu madre acariciándote… ni una protesta, ni un gruñido. Solo disfrutando de nuestro olor y de nuestras caricias. Una breve pero intensa mirada a ambos, a modo de despedida y luego la paz. Te fuiste suavemente de nuestro lado, sin echar de menos ni reprochar ni un minuto de nuestra vida juntos.

Ahora te lloramos intensa y desconsoladamente pero algún día esas lágrimas se transformarán en alegría por los momentos vividos, por esos amigos que gracias a ti conseguimos, por esas tardes en el parque, por esas mañanas en el campo, por esos cientos de kilómetros recorridos juntos, sin hablar, solamente disfrutando de nuestra presencia y de la naturaleza…

Gracias amigo por esas miradas, por esa comprensión, por aceptarnos tal y como somos, sin mirar nuestros defectos, perdonando nuestros errores… gracias por acompañarnos cuando más falta nos hacía, gracias por esos besos que salían de tu alma, por esas risas y por esos lloros, por esos momentos de paz junto a nosotros… gracias por todos y cada uno de los minutos que has pasado a nuestro lado, por dedicarnos tu vida, por permitirnos verte crecer, jugar, correr, dormir… gracias por ser el hermano mayor de Carlos y de Diego, que ahora te lloran porque no entienden por qué te has ido, pero que algún día comprenderán que les has dado lo mejor de ti.

Pero sobre todo gracias por ser parte de nuestra familia y el amigo más fiel que hemos podido tener y soñar nunca. Seguramente algún día volveremos a estar juntos allá donde hayas ido y volveremos a jugar con la pelota como antaño. Volveremos a estar unidos para siempre allá donde no existen relojes y no se entiende del paso del tiempo y podré volver a abrazarte y acariciarte y sentir tu respiración profunda y firme que tanta tranquilidad me transmitía.

Gracias simplemente por ser el mejor AMIGO que hayamos podido tener…

-Borken-

Hoy

Viernes, Mayo 15th, 2009

imagebam.com

San Antonio de Bejar (Texas). Seis de Marzo de 1836.

Hacía unos pocos minutos que se había separado de ella y ya la echaba de menos. Un rudo hombre como él reconocía en lo más profundo de su ser que sus miedos lo eran menos cuando la tenía al lado. Y ahora sabía que se enfrentaría al más grande sin ella, y lo que era peor: No la volvería a ver. El General Santa Ana, en un gesto, no se sabe si de generosidad, caballerosidad o simple piedad, había permitido a las mujeres y niños que aún había en la Misión salir libremente de ella, sabiendo que quien se quedara estaba condenado irremisiblemente a la muerte.

Hasta hoy, las palabras Libertad, Patria, Independencia habían salido de sus labios los últimos días como si fueran lo único importante en el mundo, como si no existiera otra cosa fuera de esos conceptos, tan bonitos como inútiles en ése momento. Ahora lo que le importaba es que ella se hallaba fuera del alcance de sus brazos y de sus besos, y que abrazarla era lo único que anhelaba en ésos instantes.

El primer cañonazo retronó a lo lejos y pudo oir la gran mole de acero incandescente surcar el aire hasta explotar con un mortal estruendo cincuenta metros detrás de la balaustrada donde él se hallaba parapetado. El ruido era espantoso, pero lo peor era el silbido del obús surcando el cielo, que hacía rezar al más valiente para que callera a la suficiente distancia. Éste no era para él.

¡Ya vienen!-gritó un hombre.

Pudo ver como unas cuadrículas de soldados, elegantemente ataviados, comenzaron a avanzar lentamente frente a donde él se encontraba. Apuntó cuidadosamente a la figura que, por experiencia, detectaba como un mando, posiblemente un sargento que estaría tan muerto de miedo como él mismo. La voz de David, el famoso David Crockett se alzó como un rugido sobre el ruido de la artillería.

¡Aguantad!- gritó- ¡Asegurad el blanco!

Había sido un verdadero apoyo contar con el senado Crockett y sus hombres durante esos días, fieros hombres con una puntería envidiable y corazones de león en la batalla.

Siguió apuntando cuidadosamente sobre el hombre, al que ya podía ver más claramente. Era un veterano suboficial que arengaba a los suyos disimulando el pavor que sentía en esos momentos. Seguramente había visto ya caer a muchos de los suyos en esas doce terribles jornadas de lucha, sangre, fuego y dolor, y ahora debía presentir que podía ser él el siguiente en caer. No se equivocaba. A esa distancia el disparo era seguro.

Cuatro columnas avanzaron por todos los costados de la Misión franciscana, de forma lenta pero segura e inflexible. Los hombres que se parapetaban tras los derruídos muros rezaban interiormente sabiendo que su final se hallaba cerca, pero sin dejar de apuntar a otros hombres que, a su vez, también rezaban.

“Mamá… mamá… quiero salir de aquí… no quiero mori” se repetía incesablemente, sabiendo que su ruego no sería escuchado…

¡Fuego! -gritó una voz.

La descarga de fusilería fue cerrada y varias figuras cayeron al suelo a unos cincuenta metros. Sin embargo, el resto de soldados siguió avanzando con irresoluble determinación. Tenían que recargar rápidamente sus armas si querían tener la oportunidad de un nuevo disparo, que sabían inútil.

Tres granadas estallaron en el interior de la misión haciendo caer cubiertos de sangre y vísceras a varios hombres. Esa debía ser la señal, porque los hombres que avanzaban caminando, empezaron una loca carrera llena de gritos y juramentos. La baqueta resbalaba de sus manos cuando intentaba apretar la pólvora, la bala y el trozo de cuero que serían mortales para otro ser humano en caso de poder acabar su recarga.

Cuando lo consiguió, ya algunos soldados trepaban por las toscas escaleras que habían apoyado en los muros los mexicanos. Solo le dió tiempo para disparar en pleno rostro a un muchacho de no más de veinte años que lloraba mientras gritaba con un fusil en la mano en una loca carga. Su cabeza se convirtió en un amasijo de carne, huesos, sangre y sesos, prácticamente desaparecida encima de su cuello.

Se replegó junto a otros al interior del patio de la Misión, intentando tener tiempo para un tercer disparo, pero ya las defensas estaban superadas y los soldados corrían como una marea sin control por los muros de la edificación. No les daba tiempo a cargar, por lo que asió su fusil a modo de maza y esperó la muerte junto a sus camaradas…

“Mamá… mamá… quiero irme de aquí” -le volvió a repetir su estúpido cerebro.

Consiguió descargar un fuerte golpe con la culata de su fusil en la cabeza de un soldado que corría bayoneta en ristre hacia él… otro hombre recibió un fuerte revés en el hombro, pero otros cuatro se abalanzaron sobre él, con sus relucientes bayonetas encaradas a su pecho…

Sorprendentemente no sintió dolor alguno. Solo una falta de aire y una sensación caliente recorriendo su vientre lacerado.

“Mamá… ¿Por que no me has sacado de aquí?”…

Cayó al suelo vomitando sangre. La batalla del “Alamo” había terminado para él. Sería parte de una leyenda…

-Borken-

Ahora quien

Sábado, Mayo 9th, 2009

(Publicado en el Hilo “Cuenta una canción”)

No podía soportarlo. Se sentía solo y la obsesión crecía por momentos… Desde que se rompió su historia no podía por menos que pensar si estaría con otro. Sabía que él había tenido gran parte de culpa, por sus reservas, por no haberse entregado al mil por cien, por no haber sabido darle el amor que necesitaba, el beso apasionado entregándose al completo, sin recelos y sin reservas, con toda su alma.

Se miraba en el espejo y se sentía completamente estúpido mientras lloraba. Pero tampoco podía parar de pensar en si ella habría rehecho su vida, si habría encontrado al hombre que la hiciera feliz… y en el fondo le dolía.

Quería que fuese feliz, pero no soportaba pensar que sus sonrisas, sus besos, su olor y su cuerpo pertenecían a otro, que otro era quien la acariciaba todas las noches y quien la besaba al despertar… quien la escribía los poemas que él no supo dedicarla… quien podía oler su aroma… quien yacería con ella horas y horas, sin pensar en el tiempo, sin pensar en nada más que en hacerla feliz… y se odiaba a sí mismo por no haberse entregado, por guardar en el fondo de su alma el beso que no la dio…

Lloraba…

-Borken-

El caminante

Martes, Mayo 5th, 2009

Un joven andaba desde hace días por el monte, por un paraje que desconocía y del que no sabía cómo salir. Su camino era errático desde hacía tiempo y el hambre y la sed le asediaban a todas horas, puesto que solo había encontrado pequeños charcos donde beber y se había alimentado de los escasos frutos que el árido bosque le había ofrecido.

Ni siquiera sabía si la senda que seguía le llevaba a algún lado ya que sospechaba que la misma no hacía más que dar vueltas sin sentido y le llevaban otra vez a ninguna parte. Sin embargo la senda le llevó por fin a un camino mucho más amplio y despejado. Confió que el camino le llevaría por fin a su meta, aunque ignoraba cual podría ser esa meta. Solo sabía que quería llegar a un sitio definitivamente. Y se dispuso a seguirlo. Al fin y al cabo ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Seguir dando vueltas sin sentido? Empezó a caminar…

Anochecía cuando llegó a una bifurcación del camino y se quedó perplejo y asustado. ¿De nuevo vendrían las dudas? ¿Cual era el camino correcto? No había ningun cartel que le indicara nada y solo se podía fiar de su instinto.

Por su sentido de la orientación, sospechó que cada uno de los caminos le llevaban a cada uno de los montes, casi gemelos que veía a lo lejos. Casi no los distinguía, pero sabía que uno de los dos era la meta que anhelaba desde que empezó a andar. En el de la derecha, una gran luz coronaba la cima. Era una luz atrayente y fuerte, segura de si misma. En el de la izquierda pudo vislumbrar un grupo numeroso de luces mucho más pequeñas que la anterior, bonitas y cálidas.

No se decidía por ninguno de los ramales y se quedó sentado, asustado de nuevo ante la decisión.

De pronto un viejo caminante se plantó delante de él. Era un hombre cuyo exterior dejaba ver que la vida había pasado por él de forma intensa, con la piel ajada por el tiempo y la intemperie y las ropas propias de quien había recorrido muchos caminos. Le miró con ojos bonachones, entendiendo en parte las tribulaciones que pasaban por la cabeza del joven. Éste ni siquiera se había percatado de su presencia, sentado en una piedra preocupado por la decisión que no se atrevía a tomar.

El caminante tomó asiento delante del joven y, pausadamente, sacó tabaco de una bolsa y se puso a rellenar una vieja pipa de marfil y madera. El joven se percató por fín de su presencia y le miró suplicante. “Buen hombre” le dijo. “Se nota a la legua que usted ha recorrido muchos caminos y conoce a la perfección éste paraje… ¿podría decirme a donde llegan éstos dos caminos? No se cual escoger y me asusta equivocarme”.

El caminante aspiró una fuerte calada de su pipa y miró primero a una montaña y luego a la otra. Observó ambas con exasperante parsimonia, intentando detallar en su retina las diferentes luces que habitaban en las cumbres, para intentar descubrir qué significaba cada una.

El joven se empezó a poner nervioso. “¿Me ha oído?” le dijo.

El caminante carraspeó y asintió con la cabeza. “Joven” le respondió… “eso tienes que decidirlo tu. ¿Cual crees que es el mejor camino?”

El joven miró las luces y le contestó “creo que la grande es mucho más bonita y llamativa… Tiene más fuerza y es más atrayente, aunque no se de donde puede venir…”

El caminante sonrió y asintió… “Si, si que es bonita y fuerte… aunque también las otras son bonitas. Más pequeñas, mucho menos altivas, menos grandielocuentes, pero en conjunto son tan fuertes o más que la otra… La verdad es que no sabría qué decirte.”

“Vaya ayuda que me ha dado…” espetó enojado el joven. “Seguro que Vd. sabe la respuesta pero no quiere dármela”…

El caminante suspiró y le dijo “Si. Es posible que lo sepa, porque hace tiempo que me encontré en tu situación. Y elegí uno de los dos. Pero verás que sigo caminando y no me quedé allí, porque la respuesta no está en las luces, sino dentro de tí. Si miras a tu interior, sabrás cual es el mejor camino para seguir…”

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Un año más tarde el joven volvió a encontrarse con el viejo caminante en la misma piedra donde le vió por última vez. Enfadado, arrojó su zurrón a sus pies y se dejó caer sobre un tocón de un arbol que había junto a la bifurcación que meses atrás les había separado.

“Viejo” -dijo el joven- “Podías haberme ahorrado el camino. Allí no encontré nada de lo que buscaba.

El caminante, haciendo caso omiso de sus malas formas, miró al joven con bondadosos ojos y, mientras empezaba a rellenar su pipa le preguntó:

“¿Nada?… ¿Seguro que no encontraste nada? Descríbeme que encontraste y verás como esa afirmación no es cierta”.
“No. No encontré nada-dijo el joven- Cogí el camino de la derecha, el que llevaba a la luz grande. El camino era mucho más empinado de lo que parecía desde aquí, pero tenía que llegar y, con gran sufrimiento seguí adelante. Y cuando por fín subí la montaña encontré lo que esperaba. Una gran luz blanca que inundaba todo y a todo daba una claridad espectacular. Todo era muy bonito bajo esa luz. Me senté y disfruté de esa belleza. Pero a los pocos días me aburría, porque nada cambiaba. Todo seguía igual de estúpidamente hermoso que cuando lo encontré. Así que me puse a explorar y descubrí que había otro camino que iba de una cima a otra. Eso no me lo dijiste. Si me hubieras dicho que ambas cumbres se comunicaban, no me habría deshecho en dudas sabiendo que tan fácilmente podría disfrutar de ambas cosas.”

“Mmmm- murmuró el caminante sin dejar de rellenar con parsimonia su pipa.- ¿Y qué hiciste entonces?”.

“Me puse a seguir el camino, que era mucho más fácil y llano que el anterior, y a las pocas horas llegué a la otra cima… En principio era algo menos hermoso. Las pequeñas luces no iluminaban todo igual que la grande. Hacía un buen efecto pero no tenía punto de comparación con la otra cima. Sin embargo, poco a poco me puse a observar una por una las luces. Cada una de ellar era hermosa por sí misma. Las había azuladas, rojizas, amarillentas… de todos los colores. Eran preciosas. Me pasé horas y horas analizando cada una de ellas, descubriendo sus matices y admirando su pequeña perfección. Pero cuando llevaba unas semanas allí ya me las conocía todas de memoria y no podía sacar mucho más de ellas. Eran bellas pero aburridas. No cambiaban. Cada una seguía con su simple hermosura sin mutar, sin darme alicientes nuevos. Siempre igual. Al final abandoné también esa cima y aquí sigo, andando y buscando lo que al principio buscaba, sin saber aún qué es…”

El viejo aspiró una profunda bocanada de humo de su pipa. Miró al joven, mientras que las brasas se reflejaban en sus ojos. Respiró con gesto cansino y le dijo:

“Realmente has encontrado lo que buscabas, pero estás tan cegado que no lo has visto -Le dijo.- Mira. Esas dos montañas con sus luces las pusieron hace muchos siglos ahí los Dioses para enseñarnos algo. En la primera pusieron una gran luz que representaba la “gran meta” que todos buscamos en la vida, el logro final que nos haga felices y con el que nos sintamos realizados. En la segunda cima pusieron muchas luces pequeñas y bonitas, pero no lo suficientemente hermosas para que nos dieramos cuenta de que ese conjunto es lo que es hermoso en sí. Representan las pequeñas alegrías cotidianas que nos encontramos a diario, las cosas que nos hacen sonreir día a día por un minuto, pero que se nos olvidan enseguida cuando nos obsesionamos por lo demás, por nuestro logro. El caso es que ninguna de las dos nos llenan del todo porque lo que buscamos, como te dije, no está fuera sino dentro de nosotros. Si buscamos en el exterior, al final nos aburrimos y nos parece poco, porque es parte del ser humano el ser inconformistas con todo”.

Vació las cenizas golpeando su vieja pipa en una piedra, miró al joven y, mientras recogía sus enseres, continuó.

“Los Dioses quisieron enseñarnos que la vida no se encamina hacia ninguna de las dos cumbres, pero que hay que visitar ambas y valorar las dos. Debemos saber buscar nuestro “Gran logro” y realizarnos, pero también debemos disfrutar de las pequeñas cosas que nos da la vida. Sin embargo, lo que realmente debemos hacer es seguir caminando porque la vida es nuestro camino y nuestra verdadera meta. El camino es lo verdaderamente importante y lo único que podemos esperar. El resto lo encontraremos en nuestro camino porque siempre está ahí. Para conseguir nuestras metas debemos esforzarnos al máximo sin cejar en el empeño. Pero con sacrificio lo alcanzamos siempre. Para conseguir disfrutar de las pequeñas cosas que nos da la vida no hay que esforzarse tanto. Solamente abrir nuestro corazón y, con un poco de humildad, deleitarnos con ellas. Pero lo importante es seguir siempre adelante, seguir el camino y recordar que ambas cosas siempre estarán a nuestro alcance”.

Dicho eso, el viejo se dispuso a seguir su propio camino. Pero antes de dar el primer paso, se acercó al joven, que le miraba embobado y avergonzado de su propia estupidez, y, poniéndole una mano sobre el hombro le miró y le dijo:

“Lo verdaderamente hermoso es poder seguir andando y disfrutando de nuestra marcha… Te aconsejo que lo hagas, pero ahora sin preocuparte de donde llegará tu camino y de lo que habrá al final. Solamente disfruta de él, que él mismo te irá poniendo todo lo que buscas delante de tí. No te preguntes adonde vas. Solamente camina y deléitate con todo lo que vayas viendo. Solo así podrás encontrar la paz y dejar de atormentarte…”.

El viejo caminante se alejó del anonadado joven silbando una antigua canción y mirando al cielo sin preocupación.

Borken

Escribir por escribir

Martes, Mayo 5th, 2009

¿No os ha pasado nunca que tengáis la necesidad de escribir, pero sin saber por qué?

Hoy es una de esas noches. Es difícil ponerse delante del teclado y crear una historia, cuando no tienes una historia que contar. Soy de los que me gusta llevar un guión mental y contar algo. Si no es así, se me hace estúpido mirar la pantalla vacía y pensar que palabras poner para cautivar a aquellos que me soportáis y buscáis algo interesante que leer. Me suelo inspirar de noche, cuando las estrellas velan nuestra paz interior… pero hoy no hay nada de eso. Solamente veo la pantalla.

Sin embargo, siento una necesidad interior de escribir, no se si para dejar fluir el subconsciente o simplemente por no tener que enfrentarme a ese subconsciente. Supongo que desnudando el alma en forma de letras, delante de quienes considero mis amigos, es una forma de someterme a vuestro juicio y esperar vuestra opinión, que siempre es más benevolente que la opinion que tenemos de nosotros mismos. Realmente creo que es una forma de escapar de mi.

Somos nuestros peores jueces, aunque siempre andemos justificándonos ante nosotros mismos. En el fondo, cuando miramos introspectivamente vemos nuestros defectos y nuestras debilidades, y a veces es mejor que otros lean en nuestra alma, porque la amistad siempre hace que perdonemos lo que nosotros mismos no podemos perdonarnos.

Verdaderamente os doy las gracias por estar ahí, por aguantar estos rollos y éstos desvaríos de una persona que no sabe ni lo que siente, y que confía en que una frase dicha sin motivo y sin saberlo, ilumine el camino que hace tiempo se perdió ante mis ojos.

Escribo sin historia, sin final, sin moraleja y sin guión, simplemente dejando que mis dedos intenten liberar lo que ni yo mismo se que es, pero que no deja que esa paz, custodiada por las frías estrellas, envuelva mi alma para poder dormir y enfrentarme a otro mañana que seguro seguirá a ésta noche.

Se que hay brazos que quieren cobijarme y un corazón que se preocupa a pocos metros de mí por esa falta de paz, pero siento la necesidad de estar solo unos minutos delante de las piezas de plástico que alguien muy lejano construyó, sin saber que podrían servir para buscar la paz, no en el sentido del término que muchos mal usan y del que abusan con bastardos intereses, sino en el sentido de la verdadera paz… la que te hace cerrar los ojos cada noche con una sonrisa en el corazón.

Busco mil excusas para mil actuaciones y al final es tan simple como ponerse aquí delante y dejar a los dedos que acaricien las teclas que quieran, intentando plasmar algo, y finalmente dandome cuenta de que escribir es “solo ponerse”. No será el mejor escrito que he hecho, ni el más entretenido para el lector, pero sí quizás el más puro y el más libre de cuantos he presentado ante vosotros.

Perdonadme por éstos momentos que han servido de desahogo y de válvula de escape. Simplemente necesitaba escribir…

-Borken-

El piano

Miércoles, Abril 22nd, 2009

Unas suaves notas empezaron a sonar en el piano. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba ahí pero no le extrañó. El ambiente del bar era propicio para ello. Una tenue luz indirecta iluminaba todos los rincones, dando una sensación de paz y de soledad al mismo tiempo. La madera combinaba con la piel por doquier, con cómodos sillones alrededor de mesas bajas. Era el clásico bar que uno esperaba solamente ver en las películas.

La hora propiciaba la poca afluencia de público, aunque probablemente nunca se llenaría del todo. Estaba pensado para solitarios y parejas, aunque abundaba más lo primero que lo segundo.

Miró nuevamente su copa y con una seña, indicó al camarero que le sirviera nuevamente. El hombre le sirvió nuevamente el licor y se alejó varios pasos, como si entendiera por su aspecto que necesitaba la compañía de si mismo más que la charla que un psicólogo de barra podía darle en esos momentos. Él lo agradeció.

El piano siguió sonando al ritmo de unos suaves dedos que sabían arrancar melancólicas notas de los trozos de marfil que conformaban las teclas.

Lo que más le jodía era no haberse atrevido. Su maldita frialdad. Sabía que ella era la mujer de su vida y que iba a cometer un error. Se habían querido prácticamente desde que se conocieron. No sabía aún cómo, de cada encuentro familiar había ido naciendo una corriente, un sentimiento entre ellos que no sabría definirlo y que se había negado infinidad de veces. No podía enamorarse de la novia de su hermano. Pero el corazón es terco y, por más frío que intentaba ser, en su yo más interno sabía que poco a poco la quería más y más.

Miró el vaso que rezumaba humedad de la condensación de los hielos y secó con la servilleta la base. Que estupidez, pensó. Con la cantidad de cosas que le agobiaban y que nublaban su cabeza y su corazón, se preocupaba de un estúpido cerco en una estúpida barra de un estúpido bar… Sonrió tristemente.

La melodía del piano le devolvió a sus pensamientos. Esas miradas que entrecruzaban en las reuniones familiares les delataban ante cualquier avezado observador. Esperaba que nadie se diera cuenta de ello pero lo dudaba. Creía que su propia madre lo sabía. No sabía como, pero estaba convencido de que compartía su secreto en silencio. Una madre conoce bien a su hijo y una mujer sabe esas cosas. Lo que los hombres pasaban por alto con tanta facilidad, las mujeres lo captaban al vuelo. Lo sabía y estaba convencido que sufría por él y por su hermano.

El había hecho lo imposible para evitarlo. Había puesto excusas infumables y pueriles para evitar algunas reuniones, pero otras eran inevitables. Y en ellas volvían las miradas furtivas y las sonrisas cómplices. Al principio pensaba que ella no le correspondía pero a lo largo del tiempo había notado cierta complicidad, cierta mirada melancólica en ella. Y le asustó. No podía hacerle eso a su hermano. Siempre se habían querido. Habían tenido sus discusiones, como no, pero siempre se habían llevado bien. El siempre había asumido la responsabilidad de tener un hermano pequeño y protegerle. Al fin y al cabo, su hermano había tenido muchas frustraciones y miedos desde siempre, y él siempre había estado ahí para que se apoyara y para que saliera a flote. Ella había conseguido que su hermano empezara a confiar en sí mismo, a ser adulto y a tener fuerzas y ganas de enfrentarse a la vida por sí solo.

Hacía pocas semanas que, con motivo de los preparativos, había estado muchas veces con ella a solas. Siempre se había mostrado frío y distante, poniendo una barrera entre ellos para que no se materializasen sus miedos. Pero aquella tarde había sido imposible. No sabía como habían derivado de unas cosas a otras y habían terminado hablando de sus sentimientos. Ella no le dijo nada pero él sabía lo que sentía. El le hizo ver a su modo, con esa forma de decir las cosas sin decir nada, que era imposible, razonándolo todo, explicando lo inexplicable, mientras por dentro se odiaba por no poder decir las palabras que en su corazón ardían y que no se atrevió a pronunciar nunca. Al final se despidieron con un triste hasta mañana, sabiendo ambos que no habría un mañana para ellos.

Ahora el mañana que había era el día siguiente, el día de la boda de su hermano… el día que él sabía que perdería a la única mujer que había amado y que amaría nunca. Debía estar feliz por su hermano, pero sentía un vacío enorme en su interior, un vacío que sabía nunca llenaría del todo.

Apuró su copa, puso un billete en la barra y se encaminó a la puerta del bar, sin esperar el cambio. Al pasar junto al piano, el pianista le miró de forma extraña, mientras seguía desgranando suaves notas en el instrumento. Una mirada que le llegó al alma y con la que conectaron durante unos segundos, en la que el pianista le hizo saber que su misión en la vida era absorber la melancolía que sentían los que le escucharan y transformarla en la belleza de una música que se perdería en el tiempo, pero que resonaría para siempre en el corazón del oyente.

Le sonrió agradeciendo su esfuerzo, dándole a entender que lo había comprendido y que le había servido de ayuda, y salió a la noche para seguir escondiendo sus sentimientos en lo más profundo de su alma. Mañana volvería a ser el hermano fuerte y seguro de sí que los suyos necesitaban, pero esa noche compartiría solo con el pianista la agridulce sensación de haber sabido transformar la tristeza en música…

-Borken-

La misión

Martes, Marzo 10th, 2009

Tenía miedo… Sabía que lo tendría cuando llegara la ocasión, pero no imaginaba que el miedo podía ser así. Generalmente cuando temía algo lloraba, pero a fuerza de golpes le habían enseñado a no llorar. Si lloraba se delataba, y si se delataba, algo peor que los golpes le podía pasar. Se lo habían dejado bien claro.

Las manos le sudaban y a duras penas podían mantener el AK-47 sin que se le cayese. Sus ojos estaban rojos pero lograba contener las lágrimas. Notó como sus sentidos se agudizaban prácticamente hasta lo sobrehumano. Oía el suave rumor de sus compañeros que se acercaban sigilosos a las casas, casi imperceptiblemente.

No se atrevía a mirar hacia ellos. Simplemente fijó su mirada en la casa que tenía a menos de treinta metros. Era su objetivo. Llevaba el cañón del arma encarado delante justo de su mirada, como le habían dicho que debía hacer. Las piernas avanzaban pese a que las notaba sin fuerza, casi automáticamente.

No quería llegar, quería irse, quería salir corriendo y olvidar su misión, pero sabía que le matarían. Simplemente no podía huir.

Una serpiente se deslizó delante de él, ajena a su miedo. Silbando se escondió entre un matorral ignorándole. En ése momento se le ocurrió que le gustaría ser ella. No tener un deber que cumplir. Simplemente arrastrarse por la vida buscando comida y sin preocupaciones. Pero él no era ella.

Ya estaba pegado a la pared y oía los suaves ronquidos que provenían del interior de la casa. Suponía que habría unos cuatro enemigos, durmiendo ajenos a lo que se les avecinaba. Comprobó con el dedo el estado del seguro, tal y como le habían enseñado. Estaba quitado.

Respiró profundamente y miró a su compañero. El le indicó que era el momento con un gesto y simplemente suspiró… Tenía que seguir adelante.

La puerta no estaba cerrada. ¿Puerta? Si no era más que un trapo medio sujeto. Entró en la casa y disparó una ráfaga corta, apuntando a los bultos que rebullían debajo de finas sábanas. Mejor disparar antes de dar la oportunidad de que le dispararan. El sonido de las balas impactando en los cuerpos le impresionó. Creía que no los oiría con las explosiones del subfusil, pero creía poder diferenciar el choque de los proyectiles cuando atravesaban la carne, el hueso o cualquier órgano blando. Los chorros de sangre salpicaron las paredes… el olor de la pólvora impregnó la habitación…

Miró por entre el humo. Estaban muertos. ¡Alto! Algo se movió en un lado, alguien a quien no había visto… le apuntó con el subfusil pero no disparó… ¡Mierda! Pero si era un niño… Ojos de no más de trece años que le miraban aterrorizados sin poder moverse ni hablar. Siguió apuntándole…

¡Mátale! Espetó su compañero… ¡Mátale también!. El no obedeció… ¿Cómo iba a matarle si le conocía? Si habían jugado juntos al fútbol hacía unos pocos meses. Era Nwana y tenía trece años, uno más que él. Habían compartido un trozo de cuero al que llamaban pelota poco antes de que él fuera “reclutado” y llevado a la fuerza al campamento de la selva…

“Mátale… mátale ya… es enemigo” Gritaba fuera de si su compañero…

¡Que mierda! Tenía que matarle, era una orden y él era un soldado. Solo tenía doce años pero era un soldado y luchaba por la libertad. Apuntó cuidadosamente a la cabeza, sabiendo que cuando moviera el dedo no volvería a ser un niño de doce años… Nwana seguía sin moverse…

¡Bang!

Ahora si que era un soldado… de doce años, pero soldado de verdad…

-Borken-

El tablero de ajedrez

Domingo, Marzo 8th, 2009

Ambos miraban absortos el tablero de ajedrez, como si las fichas blancas y negras con diversas formas fueran lo único que existiera en el mundo.

Cuando eran más jóvenes su forma de comunicarse era otra: bien jugando al tenis, bien con sus largas marchas por la montaña, sin palabras casi entre resuellos. Simplemente mirar las cumbres tras el agotador esfuerzo eran suficientes para saberse interconectados y unidos en sentimiento y alma.

Pero cuando las nieves pueblan las sienes, el ejercicio físico mengua, aunque no así ese espíritu parco que define la amistad entre hombres.

Entre ellos no hacían falta parrafadas ni grandilocuentes alocuciones, ni confesiones acerca de su vida, sus avatares diarios y sus detalles cotidianos.

Los hombres no somos así. Somos callados, somos reservados porque nos han enseñado, no se si con buen criterio, que la amistad no se habla: se demuestra. Y esos momentos de camaradería, compartiendo sudor, esfuerzo o concentración hacen que una sola mirada sirva para saber si el amigo está bien o siente el alma partida.

La mano derecha dudó sobre un caballo desgastado y volvió a su sitio. Una mirada del contrincante y una breve sonrisa de superioridad fingida fue suficiente comunicación. El indeciso sonrió.

No. Los hombres no solemos abrir nuestra alma por medio de la boca. Sobre todo cuando a quien hay que llorar, abrir y contar es a quien más queremos. Eso nos hace sentir débiles y nos han enseñado que los hombres no somos así. Es estúpido, lo se, pero lo llevamos muy dentro.

Con el tiempo, aprendemos que es absurdo, e incluso algunos logran quitarse los tabús y confiar, y hablar, y soltarse… y llorar. Pero no entre nosotros. Eso no. Las mujeres no entienden eso, pero es ley de vida. Quizás las confidencias de borracho, esos momentos en los que podemos escudarnos detrás de una copa de más para al día siguiente volver a mirar al amigo al que hemos confiado nuestros miedos a los ojos, sean los pocos momentos en que hablamos con el corazón y nos dejamos llevar por los sentimientos.

Pero solo ahí cedemos. El resto del tiempo nos sentimos obligados a la fortaleza y a la autosuficiencia… ¡Que estúpidamente absurdo!

- Jaque mate en tres jugadas… Muevas lo que muevas.
- No lo creas tan fácil. Aún guardo cartas en la manga.
Y es verdad. Siempre guardamos cartas en la manga… Aparentemente siempre tan simples, pero habitualmente magos de la ilusión. Ilusión de ser fuertes, de ser seguros, de ser rocas. Pero sin esa ilusión… ¿qué seríamos?
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Sinceros y mejores personas… Es decir… MÁS HUMANOS
-Borken-

La Montanara

Sábado, Marzo 7th, 2009

En mis tiempos de montañero me contaron una vieja leyenda de los Alpes que he intentado reproducir aquí como mejor me dejan mis ya castigadas neuronas. Muchos de los datos son producto de mi cosecha, pero la esencia es ésta. Espero que os guste:

“La expedición había estado acompañada de la mala suerte desde el principio. La mitad del equipo había sido extraviada por la línea aérea al llegar al aeropuerto de destino y tardaron dos días en recuperarla.

El traslado en los vehículos hasta el campamento base había sido nefasto, salpicado de avatares, algunos graves y otros menores, pero que en conjunto les hizo ver que, como siempre, los planes no se cumplían.

En el campamento base los problemas habían continuado los cuatro días de preparación. Cuando no era una cuerda o un mosquetón defectuoso, eran unos crampones que se perdían por el embrujo de algún duende juguetón que había huido del calor para reírse de ellos en aquellas montañas inhóspitas. Para colmo, el guía les informó de que en las próximas horas una tormenta cubriría la zona, haciendo prácticamente imposible la última ascensión.

Desazonados, compartieron su sopa en silencio mirando fija y silenciosamente las lenguas de fuego que nacían de la hoguera que habían hecho en el centro.

Jonás era el más afectado porque era la última cumbre que podría subir en mucho tiempo. Cuando volviera a su vida, empezaría una lucha más larga y más difícil contra la reciente enfermedad que le habían diagnosticado. Algo en su interior le decía que lo mismo era la última vez que podría disfrutar de esos pocos momentos de paz que te da la cumbre. Ese sentimiento, mirando al horizonte, jadeante aún y con los músculos doloridos por el esfuerzo, pero lleno de paz interior y de una sensación inexplicable para quien no ha mirado desde arriba el mundo.

Se quitó esos pensamientos moviendo la cabeza. Se lo habían diagnosticado a tiempo. Una pequeña operación, casi sin invasión. Unos meses de inyectarse Dios sabe qué, de nauseas y de basura, y pronto volvería a escalar. Volvería a sentirse bien, a recuperarse y a luchar por algo tan simple como llegar arriba.

Era un luchador y unas células malditas no podrían con él. La temporada que viene volvería de nuevo… pero, joder… esa cumbre estaba a pocas horas de ascensión. Sería una lástima… Se dijo mirándola antes de retirarse…

Se metieron en sus tiendas con la resignación nacida de la experiencia. A la montaña hay que quererla, pero hay que respetar sus normas.

*****************************************************************************

Franz fue el primero en notar la claridad a través de la lona de su tienda. Se desperezó poco a poco, oyendo las gotas resbalando por el exterior. Se arrebujó de nuevo en su caliente saco de plumas y miró a Jonás… ¿Jonás? Pero… El saco estaba allí, no así su amigo. Había notado su tristeza al acostarse. Sabía perfectamente lo que había pasado por su mente cuando miraba el fuego con esos ojos perdidos y húmedos. Se inquietó enseguida y despertó a los demás…

- ¿No habrá…?
- No… no puede ser… El sólo no… No sería tan loco.

Pero todos miraron arriba.

Prepararon el material a toda prisa y a los pocos minutos estaban iniciando la ascensión. Le encontraron a las pocas horas. Había llegado arriba y se encontraba sentado en la cumbre. Su cadáver presentaba esa mirada feliz al infinito y la sonrisa de paz interior que reina siempre que se logra coronar. Esa paz que solo se encuentra en lo alto, cerca de Dios… Con el que se había quedado para siempre.

Había preferido luchar por su última ascensión. Había preferido rendirse ante el miedo más fuerte que el miedo a la muerte: El miedo a no vivir como quería y a hacer lo que sentía. Y había muerto viviendo…

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Dice una vieja leyenda de montaña que sus compañeros le hicieron el mejor homenaje que se puede hacer a un montañero: una canción que recordaría por siempre su gesta y su pasión, pero sobre todo, que nos ayudaría a todos a saber que el miedo a la muerte es infinitamente menor que el miedo a no vivir.

Esa canción se llama La Montanara


Borken

Sin dolor

Miércoles, Febrero 18th, 2009

Nada podía hacerle daño ya. Los años de sufrimientos, palos y desengaños le habían hecho fuerte y le habían revestido de una coraza anímica que ni el más afilado de los sentimientos podía atravesarla.

Cuando alguien se acercaba a él, sus defensas se izaban como un puente levadizo que no permitía que llegaran al corazón de su fortaleza espiritual. A veces un solo gesto, una sola mirada o un monosílabo conseguían alejar a aquellos que se acercaban para derrotar sus defensas con falsas promesas de amistad, cariño, comprensión… ¡Todo basura! Esa es la excusa que usan los débiles para traspasar sus problemas a los demás.

El no necesitaba eso. Se había hecho, a base de palos, autosuficiente y emotivamente fuerte. No necesitaba a nadie. De hecho, había sabido refugiarse y salir adelante cuando, de niño, otros le negaban el jugar al balón con ellos, alegando que era malo. ¡Que les den! Eso le había hecho fuerte y había ido aprendiendo que no necesitaba a otros para ser él mismo. Se refugió en su mundo interior que muchos reconocieron después como rico y sorprendente. ¡Ilusos! ¡Qué sabrían ellos de cómo era su mundo interior! Ahora el era el triunfador y ellos los fracasados con sus miserables vidas.

Luego las mujeres, ¡ja! Querían darle amor… ¡y un cuerno! Querían aprovecharse de él. Siempre le habían rechazado por “raro”, pero cuando vieron sus triunfos, sus logros, su dinero, acudían a él mendigando lo que buscaban, ofreciendo a cambio cariño. ¿Cariño? Ya… Engatusarle para que cayera en sus redes.

El las usaba ahora que podía, y luego las despreciaba. Reconocía que a veces era brusco en las formas, pero a la larga era mejor, incluso para ellas. Que le odiaran las haría más fuertes. El lo sabía bien… El odio te hace más fuerte y evita el dolor…

Si, estaba mejor ahora… se sentía fuerte, se sentía en la cumbre, estaba completo, sin necesitar a nadie… estaba feliz… Estaba…

Solo…

Y lloró…

-Borken-

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