Archive for the ‘Pez_Burbuja’ Category

No dejes que pare la lluvia

Lunes, Diciembre 14th, 2009

No dejes que pare la lluvia, la misma que nos empapa la ropa y corre bajo nuestros pies… Que no pare la lluvia sobre los besos de otoño, en la palma de nuestras manos. No dejes de mirarme otra vez, no vuelvas al paraguas gris y me dejes mojándome a solas. No te olvides mi nombre en las esquinas de cualquier calle, no dejes de pensar, no me abandones… No vuelvas a la oscura inteligencia, a los despojos de carne en las aceras, no mires a otro lado, no te escondas… No dejes que la lluvia moje los cristales de tu coche, mientras el limpiaparabrisas va marcando los latidos de tu corazón, sal a la calle, ¿no ves que no quieres guarecerte? No me digas adiós, no me olvides… ¿No me ves, lloviéndome por dentro? No dejes que pare la lluvia, no te vayas…

Publicado por Pez_Burbuja en “Cuentame una canción”

La chica de ayer

Lunes, Diciembre 14th, 2009

Es curioso como hay recuerdos capaces de permanecer en la memoria por mucho tiempo que pase. Intentas correr, dejarlos atrás y sin embargo parecen adheridos con una fuerza titánica a la piel, y acabas por resignarte a que sean parte de ti, a que condicionen el resto de tu vida.

Yo tenía 22 años. Estaba en la universidad así que busqué un trabajo por las tardes que me permitiera ser independiente y pagar mis gastos. Siempre se me habían dado bien la matemáticas, así que comencé a trabajar de profesora en una academia. Nunca había trabajado antes por lo que todo me resultaba nuevo y fascinante. No tenía mucha relación con mis compañeros, apenas hablábamos salvo cuando coincidíamos en la sala de profesores. Todos eran mayores que yo, y en cierto modo me trataban como si yo fuera una niña. Todos menos Carlos.

Moreno, de pelo corto y ojos penetrantes, no era guapo pero tenía un no sé qué que obligaba a mirarlo. Y él lo sabía. Se cuidaba mucho, como denotaba la bolsa del gimnasio. El traje parecía hecho a medida en su cuerpo, y no ocultaba el magnetismo que desprendía por cada uno de sus poros.

Al acercarse las navidades decidieron quedar un día para cenar y salir a tomar unas copas. Mi primera cena de empresa. Recuerdo haber tardado horas hasta que decidí ponerme aquel vestido negro de tirantes. En el último momento en un arranque de pudor, me puse una camisa roja encima.

Carlos vivía en un barrio cerca del mío, así que quedamos para ir juntos. Nos vimos en la estación de tren más cercana a mi casa. Al montar en su coche, me sentí de pronto cohibida al estar en un sitio tan pequeño cerca de él. Hola, me dijo sin mirarme, estás muy guapa. Tú también, le dije yo sonriendo. Era cierto. Aquella camiseta blanca y los vaqueros le hacían parecer más joven, más… mejor no pensar en ello. Durante el trayecto charlamos distendidos, alegres, inconscientes.

La cena se desarrolló con normalidad. Siempre me han cohibido los grupos grandes, así que me limité a escuchar lo que hablaban acerca de sus vidas, sus aficiones, sus parejas, sus sueños. Carlos estaba casado, aunque no le iba bien en su matrimonio. Estaban planteándose separarse. Entre bromas y risas, las botellas de vino se fueron vaciando casi sin darnos cuenta.

Decidimos ir a bailar a un local cercano. La música estaba demasiado alta para hablar. El local estaba abarrotado. Llegamos entre codazos y empujones a la barra. Después de pedir una copa, las chicas nos fuimos a bailar y los chicos se quedaron allí. La pista estaba llena pero no nos importó. Ya estábamos bastante animadas así que nos hicimos hueco sin problemas. Hacía mucho calor así que me quité la camisa. Bailar siempre ha sido para mí algo muy especial. Cuando bailo pierdo la coraza y me convierto en alguien ajeno a todo lo que no sea mi propio cuerpo. Allí, rodeada de gente, me sentí por primera vez libre. Los ojos cerrados, todo mi cuerpo vibrando con aquellas notas, apenas me reconocía a mí misma. En aquel momento no era consciente, pero imagino el estupor de mis compañeros viendo a la “niña” moverse de aquella manera. En algún momento de aquella inconsciencia sentí un extraño calor recorriéndome el cuerpo y abrí los ojos. Allí en la barra los chicos nos animaban con gestos y gritos, todos menos Carlos. Apoyado en una esquina, me miraba como nadie jamás ha vuelto a hacerlo. Aquellos ojos traspasaban mi piel provocando un incendio en mi interior. Solo estábamos él y yo, y aquel hilo invisible que nos unía de algún modo extraño. Estoy muerta de sed, dijo una de mis compañeras, vamos a la barra.

Yo me sentía algo mareada, así que no quise beber más. Me quedé allí, apoyada en el otro extremo de la barra. Todos charlaban animadamente, nadie parecía darse cuenta de que nosotros no participábamos. Solo nos mirábamos. No sé cuanto tiempo estuvimos así. Quizás fueron minutos, aunque parecían horas. En algún momento alguien dijo que cambiáramos de sitio, por lo que nos dirigimos todos hacia la puerta. El local estaba abarrotado así que prácticamente íbamos en fila. Yo iba dando traspiés cuando sentí una mano sobre la mía. No necesité mirar. Sabía de quien era aquella mano. Sentía oleadas de calor invadiendo mi cuerpo, y todas mis terminaciones nerviosas parecían concentradas en aquella mano.

Por fin logramos salir. Comenzaron a discutir sobre donde ir. Yo me sentía extraña así que dije que me iba. Carlos me acompañó. Recuerdo que bajamos la cuesta que llevaba hasta su coche en silencio, bajo la atenta mirada del resto del grupo. Por fin la calle terminó y doblamos la esquina. Jamás he vuelto a sentir lo que sentí en aquel momento. Hubiera sido capaz de matar si alguien me hubiera intentado parar. El deseo era tal que me dolía. Al pasar por un portal me abalancé sobre él y le besé. Nos besamos. Nos comimos a besos. Nos saboreamos, nos mordimos. El tiempo parecía haberse detenido en aquel beso. Le saqué la camiseta, metí las manos por su espalda. Tenía la piel cálida, increíblemente suave. Le agarré las nalgas y le apreté contra mí. Estaba muy excitado. Le besé el cuello y le subí la camiseta. Seguí besándole hacia abajo. Dios, que hermoso era. Me intoxicaba su olor, su sabor. No podía parar.

Espera, me dijo de pronto. Para, no sigas. Me agarró de los hombros y me separó. Yo le miré incrédula, el cuerpo dolorido, muriéndome de ganas. Aquí no, me dijo. Así no. Luego me abrazó, firme, sereno… Yo temblaba, intentando controlar aquel torrente de sensaciones, aquella frustración que me consumía. Estuvimos así mucho rato. Poco a poco volví a la normalidad, aunque mareada aún por los efectos del alcohol. Venga, me dijo con la voz enronquecida, te llevo a casa.

Me sentía tan avergonzada que no fui capaz de articular palabra. Creía que no me deseaba, que me había rechazado. Aquel fue un duro golpe para mi ego. No quise volver a verle. Con la excusa de las vacaciones de navidad, aproveché para buscar otro trabajo y nunca volví. Al cabo de unos meses me enteré de que estaba en trámites de divorcio, y que salía con una compañera de trabajo. Me dolió. Luego le perdí la pista.

He buscado volver a vivir una y otra vez aquellas emociones. No he podido. Ahora vivo sola, con un acuario lleno de peces tropicales y un gato. A veces llega alguien a mi vida, y se queda un tiempo. Pero se acaba marchando. Es imposible competir con un fantasma. Ellos lo saben. Y yo también.

Publicado por Pez_Burbuja en “Cuentame una canción”

Quisiera que estuvieras aquí

Lunes, Diciembre 14th, 2009

Quisiera que estuvieras aquí. Sí, ya sé, hay cosas que no pueden ser pero aun así cómo evitar este dolor sordo, alojado en mi pecho, que me ahoga quitándome el oxígeno vital. Cómo no desear a veces tu mano rozando la mía en algún encuentro casual, sentir que te aproximas despacio y dejas un beso en mi cara, tan cerca de mi boca que si pudiera moverme un solo milímetro se encontrarían sin remedio. No es fácil añorarte, no lo creas. Sentir como tu sombra a veces cubre la mía, darme la vuelta deprisa para comprobar que solo es mi imaginación que me juega una mala pasada. A veces me parece escuchar tu voz en el metro, en algún centro comercial, por la calle, y me vuelvo como una loca para buscarte… pero nunca eres tú.

Si estuvieras aquí podría contarte el matiz exacto que tiene el cielo a mediodía, cuando el sol está en su apogeo. Podría describirte una a una cómo son las flores de un campo de girasoles, y caminar contigo un millón de kilómetros sin movernos. Podría pegarme a ti sin abrazarte, tan solo buscando tu piel, como si fuerámos dos polaridades opuestas sin posibilidad de escapatoria. Podría contar una a una las diminutas arrugas de tu rostro y decirte el número de sonrisas por minuto que asoman a tus ojos cuando me miras.

Y podría cantarte al oído que estás aquí… conmigo.

Publicado por Pez_Burbuja en “Cuentame una canción”

Me dueles

Lunes, Diciembre 14th, 2009

Me dueles

como duele el aliento en un día frío

perdiéndose en la calle

entre un mar de respiraciones grises.

Como los bancos duelen a los parques

cuando visten de hojas

silenciosos y tristes.

Y dueles

como duelen los brazos, abrazados

a su propio vacío, al negro círculo

que dibuja tu ausencia en otros brazos.

Como duele la boca, desnuda de besos

hambrienta y desahuciada de tus labios.

Y se me agrieta este triste envoltorio

por estirarse hacia ti, por alcanzarte,

como si yo pudiera cobijarte en mi piel

y abrazarte desde dentro.

Me dueles,

como si me prolongara en ti

y no fueran mis manos, ni tus manos,

y mi pecho, y tu pecho fueran uno,

el cobijo común de dos latidos.

Aunque no quiera me dueles,

y me duele que me duela.

Publicado por Pez_Burbuja en “Cuentame una canción”

Tu lo haces real

Lunes, Diciembre 14th, 2009

Tu lo haces real

Retengo tu silueta justo aquí, bajo mis párpados desnudos. Tú y yo, un día gris, las calles desiertas y la lluvia mojándolo todo. Tenerte cerca, apenas a un palmo de mi rostro me vuelve frágil bajo tus ojos. Siento el impulso de salir corriendo como tantas otras veces, pero hoy no, no lo haré. Porque llueve, y me miras, y me quedo pegada al suelo, empapada de agua, empapada de ti.

No sabes de otras tormentas, de esas que se fraguan bajo la piel, que incendian el corazón y lo arrasan. No importa. Solo estás aquí, esperando… Es tan absurdo este latido sordo, no puedo respirar, todo está inmóvil menos tú. Es lenta la agonía, tus labios acercándose a mis labios, y yo queriendo decir no, y sin embargo solo puedo preguntar si es real. Tú lo haces real, el roce de tus labios es un hierro candente sobre mi rostro, bajo mis párpados, entre mis labios. Deseo es una palabra demasiado pequeña para todo lo que cabe en este silencio.

Solo llueve y tú lo haces real.

Publicado por Pez_Burbuja en “Cuentame una canción”

El andén número siete

Lunes, Diciembre 14th, 2009

EL ANDÉN NÚMERO SIETE

El sonido de sus tacones contra el pavimento rompe el silencio del andén. El eco de sus pasos se pierde hacia las otras vías, los otros túneles, los otros trenes… Pero ella sabe cual es su destino, el andén número siete. El tren aún no ha llegado pero no importa. Ella lo espera de pie, inmóvil, la vista perdida en algún punto de la lejanía y el pensamiento lejos, muy lejos…

Escucha el ronroneo inconfundible de la máquina acercándose por la vía. Despacio, apenas un parpadeo, y la puerta del vagón se abre frente a ella que sube sin dudar. Camina sin prisa, mirando hacia los lados como si buscara algo. De pronto su vista se queda fija en un punto, al que instantes después se dirige resueltamente.

Estás aquí, le dice sin mediar ninguna otra palabra. Siempre estoy aquí, ya lo sabes, contesta él y se adivina una sonrisa en su rostro de apariencia seria. Ella se sienta en sus rodillas de lado, y toma su rostro entre las manos. Es tan hermoso estar así, mirándole de cerca, sin prisa, sabiéndose la dueña absoluta del tiempo y el espacio… Se pierde en la oscuridad de sus ojos, desde donde se puede contemplar el universo. Y vuelve hacia su rostro que sus manos recorren como pequeñas mariposas, apenas rozando las suaves arrugas, asombradas de un contorno tan preciso, tan perfecto, tan hermoso… Se recrea porque no quiere olvidarse de nada, quiere tener una fotografía viva en sus manos que le permita recordarlo después, mucho después, cuando el viaje termine…

El tren se mueve a un ritmo cadencioso, hipnótico, sensual. Con el dedo pulgar recorre despacio el labio inferior, aprendiendo texturas, mientras con la otra mano baja despacio hacia el cuello, para volver a subir tras la oreja. Entonces acerca su boca a la de él, hasta aprisionar su labio inferior entre los suyos, justo donde estaba un instante antes su dedo. Hay algo mágico en ese primer contacto, un chispazo de luz, una revelación, una catarsis… Él se deja hacer mientras ella saborea su labio golosamente, recreándose, la lengua moviéndose hacia las comisuras para volver de nuevo al centro. Por fin él se rinde, abriendo su boca para ella, que respira de su aliento como si fuera el último resquicio de oxígeno de aquel vagón solitario que les acoge en su seno como dos recién nacidos. Y exactamente así, renacidos el uno para el otro se besan, como en una película a la que le hubieran congelado la escena se quedan así, unidos por sus bocas, recorriendo paladares y dientes, sorbiéndose, mordiéndose, volando a ras de labio, saboreando el deseo hecho saliva, la quietud del pensamiento, el movimiento cadencioso del tren que les empuja uno contra otro, que los separa para volverlos a unir aun con más ímpetu si cabe, labio con labio eternamente fundidos en una sola boca.

Toda una eternidad después las manos emprenden su propio camino. Como en un sincronismo imposible las manos de ella y las de él se encuentran en el diminuto espacio entre sus cuellos. Las de él buscan los botones de ella, las de ella bajan hasta encontrar el borde de la camiseta para subirla. Como si de una lluvia tibia de verano se tratara, caen los botones uno a uno, apenas los dedos rozando la piel que arde al contacto. Y las bocas se separar en un infinitesimal suplicio mientras la camiseta vuela por los aires como una bandera que ondeara al viento proclamando su libertad ansiada, para reencontrarse de nuevo con la misma delicadeza y con la misma furia.

Hay un abrazo largo, larguísimo y luego ella se levanta, solo para volver a sentarse, ahora a horcajadas, y volver al abrazo más largo, tan cerca que entre los dos cabe apenas algún suspiro. Siguen las manos el recorrido sin prisa, la espalda y el costado, acompasada la respiración en ambos pechos. Él suelta el cierre del sujetador y con dulzura, casi con reverencia, baja los tirantes mientras la separa de sí, tan solo para contemplarla. Otra mirada prendida entre los dos, pequeñas chispas azules en los de ella, llamaradas de luz en los de él. Otro abrazo que sabe a piel en sombras, a fugitiva querencia, a inevitable delirio… Los pezones se clavan como hierros en la carne del matadero, se castigan los dos en esa lentitud exasperante, rozándose la carne con los dedos, acomodando el furor bajo los párpados para hacer de un instante toda una vida. Se separan los cuerpos y las manos se hablan cuerpo a cuerpo. Él acuna sus pechos con dulzura, roza apenas su rosada punta en un gesto deliberadamente lento, ella aferra su espalda sin quererlo. Y se rinde hacia atrás en una ofrenda que él recibe en sus labios.

El tren sigue su camino inexorable, apagando el paisaje en un túnel oscuro. La velocidad va en aumento, y con ella el movimiento del vagón. Poco a poco la piel se va afiebrando y el control da paso a la urgencia. Ella juega con el botón de sus vaqueros, él recorre sus muslos bajo la falda. Ella baja despacio la cremallera, él recorre con mano diestra la parte de atrás de su tanga. Ella pasa su mano por la tela del boxer, notando su calidez y su firmeza, él bordea su triángulo con mano diestra. Y las bocas de nuevo se separan, ambos de pie guardando el equilibrio en una extraña danza, abrazados los cuerpos y las ganas… Van cayendo al suelo el resto de las prendas, no se sabe muy bien que mano quita, roza, desnuda, pero ambos se abrazan piel con piel y quizás no ha pasado ni un segundo.

Él toma esta vez la iniciativa, desde su boca va trazando un sendero en su piel hasta su vientre. De rodillas la empuja suavemente al asiento de enfrente. Se retira y comienza de nuevo, de los dedos de los pies va subiendo al tobillo, al gemelo, recreándose hasta arrancar una súplica en los labios de ella, mientras siente como se tensa bajo sus labios. No cede ni siquiera cuando ella le agarra la cabeza y tira hacia arriba para que vaya más deprisa, para que llegue a su destino. Él le busca el pequeño hueco bajo su rodilla, la plenitud de los muslos, su contorno, la cadera en sus labios, la cintura, para luego bajar hasta su ombligo. Por favor, y es entonces cuando escucha de nuevo esas palabras cuando baja hasta su sexo húmedo que tiembla, que le espera, que parece amoldarse a su boca, y besarle a su vez. Y su lengua va trazando caminos de fuego alrededor de su clítoris, en sus labios ardientes, para recoger en su cáliz la dulzura que esconde, penetrarla una y otra vez con la lengua y los dedos, mientras la escucha gemir en un sonido ronco y desconocido que le remueve por dentro. Y la deja volar hasta lo más alto, y siente cómo se rinde bajo sus labios, en espasmos de placer. Entonces vuelve hacia arriba para besarla de nuevo, con el sabor a mar bajo su lengua y el deseo pulsándole en las venas.

Ella le aferra y le muerde, dejando a un lado restos de pudor y de mesura. Y como si de una coreografía se tratara, él agarra su cintura para darle una vuelta, y en un solo movimiento la penetra. Ella agarra con fuerza el respaldo del asiento, él agarra sus caderas, las aferra, y se mueve despacio dentro de ella. Nota su suavidad, su calidez, y aunque quiere seguir al mismo ritmo, se aceleran sus ganas. La penetra con fuerza, como si quisiera dejarle una huella muy dentro que nadie pueda borrar. Y en su sexo concentra las caricias, los deseos, el ansia, la pasión contenida, y la empuja una y otra vez, mientras ella le grita frases ininteligibles. Y se agarra a sus pechos y se clava, y se borra el pasado y el futuro, y son solo dos cuerpos que se aman. Y se unen las voces de los dos en el instante último de esa primera vez que parece que fuera más antigua que el mundo.

Y se abrazan los dos, ella se encoge en el asiento y él se deja caer sobre ella, los dedos entrelazados, los cuerpos mojados del sudor y de las ganas. Luego mucho después vuelve la ropa, los abrazos pausados, las caricias, alguna que otra palabra sin sentido. Ni una sola promesa, ni un te quiero, ni quedamos mañana ni lo siento, ni quizás no debimos, ni mi vida sin ti no tendrá sentido.

Unos pasos rompen el silencio de un andén solitario. El andén número siete.

Publicado por Pez_Burbuja en “Cuenta una canción”

Anotaciones sobre un papel

Sábado, Noviembre 21st, 2009

No aguanto más sin ti. Quizás por eso he subido aquí, a la azotea, desde donde puedo divisar parte de la ciudad. No hay nadie. Un extraño silencio se ha apoderado de todo. Hasta la ropa tendida se balancea al viento como pequeños barcos silenciosos en el mar.

Me he sentado al borde, con los pies colgando en el vacío y he apretado los ojos fuerte, muy fuerte, para recuperar tus ojos, tus labios, tus manos… ¿Cuantas ganas caben en un cuerpo? Tantas como caricias al borde de los dedos, como pétalos en la comisura de los labios, como olas de fuego en las entrañas…

La brisa se cuela por mi falda, moviéndola sobre mis piernas desnudas. Me hace sentir la humedad entre mis muslos en un escalofrío lento y ardiente. Pienso en ti, en el aire que respiras y que ahora ciñe la ropa a mi piel, y me acaricia, como si parte de tu aliento viniera con él a buscarme, en una boca inmensa que se alimenta de mí… Siento tu aliento tan cerca que tengo que abrir los ojos para comprobar si es cierto, pero no, no estás aquí conmigo. ¿Cuantas ganas caben en un cuerpo? aún sigo sin saberlo…

Firmado: la chica de la azotea

-Pez_Burbuja-

Y el deseo se hizo carne, y habitó entre nosotros

Sábado, Noviembre 21st, 2009

(I)
Si tuviera la voz
con la que se convocan los deseos
te llamaría tan cálida, tan dulce, tan salvaje
que tu verdad serías tú, y tú su sombra
en el preciso instante
en que la sílaba tocara el labio.

Pero mío es tan solo este silencio
que se llama dolor y grita miedo,
y no dice tu nombre
por no matar el sueño que soñaba.

(II)

Toca la puerta con tus dedos sabios.
Ábreme en dos, usa las garras y los dientes
y déjame temblando, en carne viva.
Y bebe de este cáliz
que reconoce tus labios antiguos
como la única llave
que lleva a los misterios de la sangre.

(III)

Convócame con el nombre prohibido,
la sílaba de espuma entre las olas,
quebrada la palabra entre los labios.
Cualquier distancia es larga
si mi boca no respira en tu boca
y ahoga en mi garganta el sustantivo
que rompe en dos el tiempo
y lo convierte en humo.

-Pez_Burbuja-

Trueno

Sábado, Noviembre 21st, 2009

Llevaba despierta desde las cinco de la mañana, presa de un profundo desasosiego. Intuía que algo extraño iba a ocurrir. Cuando por fin divisé en lontananza el sol desperezándose entre oscuras nubes no pude aguantar más y me levanté de la cama. La temperatura reinante hacía presagiar un día bochornoso, síntoma inequívoco de una borrasca, pero ahora sólo se percibía una inusual quietud en el ambiente.

Me vestí deprisa y salí en dirección a la cuadra. Comenzaba a caer una ligera lluvia, preludio de lo que vendría después. Ella esperaba tumbada, sus ojos pardos me miraban confiados aunque podía ver el miedo reflejado en ellos. Me acerqué despacio y abrazada a su cuello le susurré palabras tranquilizadoras – Linda, no te preocupes, todo saldrá bien-. Luego la solté para acercarme a su enorme panzón, mientras la examinaba. Sí, efectivamente era el día. Mi yegua estaba a punto de parir por primera vez. Volví a la casa, no sin antes haberla abrazado de nuevo, y volví con un barreño de agua y unos paños. El calor se iba apoderando de nosotras, mientras la lluvia se hacía cada vez más espesa, y yo quería refrescarla. Era lo único que podía hacer por ella. El veterinario me había dicho que todo iría bien después de examinarla el día anterior. Esperaba de corazón que fuera así.

El tiempo parecía haberse detenido. El viento se había hecho dueño del exterior de la cuadra. Yo sumergía de forma mecánica un paño en agua para mojar a Linda, que resoplaba a intervalos cada vez más cortos. Mi camiseta parecía una segunda piel, y mis pantalones pesaban toneladas. De pronto la puerta del establo se abrió estrepitosamente. El viento movía la puerta que golpeaba impaciente contra la pared. La yegua tenía espasmos cada vez más continuos. Mis ojos alternaban entre ella y aquel cielo cada vez más oscuro, que arrojaba mares y soplaba como si fuera a quedarse sin aliento. Un rayo partió en dos el horizonte y en ese instante vi asomarse unos diminutos cascos. Todo mi ser se concentró en aquel punto. Pasé en un segundo de actor a mero espectador del escenario de la vida. Otro espasmo, y en una mezcla sanguinolenta y viscosa un pequeño potrillo níveo salió, mientras mi yegua relinchaba orgullosa. Entonces la tierra tembló. Y supe con una claridad meridiana que mi nuevo potro se llamaría Trueno.

-Pez_Burbuja-

Cuatro estaciones

Sábado, Noviembre 21st, 2009

Tirso de Molina. El vagón atestado de gente. Logro meterme a empujones estre espaldas y torsos anónimos. Miro hacia abajo. Aprieto el bolso con el brazo derecho. La mano izquierda se pierde entre el gentío aferrando con desesperación una barra lejana. Imagino que de todos modos no voy a caerme. Comienza la sensación de claustrofobia, la misma de todos los días. Cierro los ojos. Inspiro. Expiro. Inspiro. Me ahogo. Expiro. Relájate, pienso, son solo cuatro estaciones.

Sol. Por un instante puedo respirar. Se baja la mayoría de la gente. No suelto la barra por lo que la marea humana que entra me vapulea sin piedad. Me ahogo de nuevo. Dios, no logro acostumbrarme a esta opresión, a este anonimato consentido. Abro los ojos y miro entre las cabezas intentando distraerme. Entonces te veo. Tu cabeza sobresale de los de tu alrededor. Creo que vas leyendo por la postura de tu cuello. Llevas el pelo corto por detrás y algo más largo por arriba, con el flequillo de punta. El color es castaño oscuro con reflejos más claros. No sé por qué precisamente tú me has llamado la atención. Y de pronto me miras. Tus ojos son grises, absolutamente hermosos, diáfanos, y me miras directamente a mí. Mi primer impulso ha sido desviar la mirada pero no he podido. Tus ojos me han dejado clavada en medio de esta mañana prófuga y me he quedado mirándote. Un segundo, dos, tres, cuatro… Al final he bajado la vista. Por mi cabeza pasan raudos mil pensamientos. Por qué has mantenido tu mirada fija en mí, qué es lo que habrás visto mientras yo contemplaba tus ojos increíblemente bellos. Habrás visto mi cara de sueño, mis pelos de loca, mi cara de cuarentona agotada o sin embargo habrás mirado también en la profundidad de mis ojos y habrás visto el miedo, la desidia, las ganas…

Gran Vía. Baja más gente. Sube más gente. He logrado contenerme un tiempo pero ya no puedo más. Te miro. Sigues leyendo. Contemplo ahora con detenimiento tu perfil. Tienes una nariz algo grande pero recta, unos labios demasiado gruesos y la barbilla exacta. Tu mentón sombrea a causa de una barba incipiente. Apenas tendrás veinticinco años. Y yo estoy loca y he debido imaginar esa mirada que no se parecía a ninguna otra mirada de las que se cruzan en el metro. Me recreo en los pequeños detalles, la forma de tu oreja, como va naciendo el pelo en tu cuello, el color ambarino de tu piel… De pronto tu rostro se vuelve y me miras. No ha sido una casualidad, has mirado directamente hacia mí. Siento un escalofrío, pero intento no seguir el impulso inicial de bajar la mirada y la mantengo. Ahora puedo fijarme en tus ojos, son almendrados, algo rasgados hacia arriba, y tus pestañas son negras, inmensas, infinitas. No haces un gesto, no mueves un solo músculo a pesar del vaivén del vagón. Por qué me miras desconocido de ojos arrebatadores, por qué a mí, que soy tan gris como tus ojos. Y por qué me conmueves, yo que no me conmuevo por nada. Bajo la mirada, la vuelvo a alzar, con miedo sí, y con esperanza. Sigues ahí, tus ojos aferrados a los míos. Pero estas cosas no pasan en el metro, aquí no se gesta un deseo, unas ganas tan inmensas que podría mover el vagón si se fuera la luz. No debería sentirme irremediablemente atraida por ti, y tú no deberías mirarme como si fuera la única luz de un abismo, como si fuera tu salvavidas, tu tren, tu primavera…

Tribunal. He dejado de mirarte y he bajado deprisa, por si me faltaban las fuerzas. Era una locura, no te conozco, no me conoces, la gente normal no hace estas cosas. De pronto me vuelvo. Se han cerrado las puertas y el tren sigue su curso. Aún tu mirada sigue posada en mí, como una golondrina de otoño. Y en este preciso instante sé que he perdido otro tren. O quizás mañana volvamos a vernos.

-Pez_Burbuja-

Navigation

Search

Archives

Septiembre 2010
L M X J V S D
« May    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  

Other

Syndication