En ocasiones nos peleábamos llenos de rabia con skin heads. Afortunadamente no se lamentaron víctimas, aunque acabáramos en urgencias para recibir puntos de sutura. Les exigíamos a los médicos que no hicieran parte, pero argumentaban que era el protocolo. Ni la pandilla rival ni la nuestra interponía nunca denuncia. No queríamos tratos con la policía ni creíamos en la justicia.
Asistíamos a manifestaciones contra el sistema, para apoyar a algunos colegas del movimiento okupa en los desalojos y sobretodo no nos perdíamos los conciertos de punk y ska . Más de una vez, el balance era lamentable; contenedores quemando al medio de la vía, escaparates rotos, cánticos provocativos y carreras huidizas cuando los antidisturbios cargaban.
En innumerables ocasiones éramos cacheados y nos requisaban navajas mariposa o gramos de hachís recibiendo posteriormente la correspondiente sanción administrativa.
Nuestra postura era insolente y temeraria.
Lejos de reconsiderar conducta, de recobrar mi cordura, aquellas experiencias reafirmaban mi adhesión al grupo. Experimentaba la fuerza protectora de la mandada, la integración al clan. Es embriagadora la sensación de sentirse temida y respetada, la gente no suele esquivar la mirada y te obren paso. Te sientes poderosa.
Cada vez mi cuerpo ingería y toleraba más cantidad de alcohol y poco a poco me introduje al laberinto tortuoso de las drogas. Era adulta, me pagaba mis vicios y vivía independiente, no tenía que dar explicaciones a nadie.
Tomaba anfetaminas, fumaba hachís pero mi preferida era la cocaína, esnifada o el speed-ball; heroína mezclada con coca.. Afortunadamente temo a las agujas y nunca me pinché ni consentí que lo hicieran.
Las drogas sólo sacan la bestia inmunda que todos llevamos dentro, mes o menos sujetada. Los narcóticos liberan este demonio miserable, controlado por el saber estar, por las convenciones sociales aprendidas desde la infancia, unos con más intensidad que de otros.
Me volví tan mezquina que podía convivir con el tipo de gente que antaño siempre había censurado; drogadictos, ladrones y pendencieros. Era una de ellos y no me sentía arrepentida de mis deplorables acciones. De tanto en tanto protagonizábamos robos con fuerza y vendíamos los objetos sustraídos para poder pagarnos nuestras adicciones. El cuerpo me reclamaba su dosis con más frecuencia..
Contemplas la sima que te separa del cerro seguro donde habías estado. No tienes el valor de cambiar pero sabes que no tienes otra alternativa, esa fortaleza de humo solo conduce a la decadencia.
Cómo dice el refrán, “A todo cerdo le llega su San Martín” y nosotros no escaparíamos a ello. Una noche mientras metíamos un palo en una nave industrial, fuimos sorprendidos por varios coches de la policía. Algunos colegas intentaron huir o enfrentarse violentamente, pero yo no ofrecí resistencia.
Permanecí allí de pie, absorta, observando la escena como si el grave asunto no fuera conmigo. Estaba agotada de nadar a contracorriente toda la vida, por eso me dejaba arrastrar, exhausta de luchar. Una voz detrás de mí me gritaba algo parecido a una orden, pero no me moví. Era como un zombi con quien no tiene sentido razonar.
Cuando me di cuenta, un agente de brazos fornidos me estaba sujetando y me hizo rodar al suelo, raudamente me vi reducida, con las muñecas presas en la espalda y escuchando un formalismo sobre mis derechos.
Irónicamente pensé que el repertorio no incluya el derecho a tener suerte a la vida, o a encontrar respuestas a los tormentos de la mía alma atormentada. El frió acero rozando mi piel y un escalofrió de rendición me retornaron a la realidad, después de muchos meses.
Dentro el coche patrulla, con las muñecas esposadas y la mirada fija en un remoto horizonte, la postura firme, mantenido hasta el momento, cayó como un telón de una obra de teatro que finaliza. Los ojos se me nublaron y gruesas lagrimas se deslizaron mejilla abajo. Sollozaba. Nariz de mocos brotando de ambas fosas y convergiendo en el canalillo del medio, cayendo gota a gota encima mis pantalones de camuflaje.
Me maldije por no haber podido contener aquel estallido histérico y lamentable. Sin duda, no tenía una sensibilidad dura como me había creído. Me sentía avergonzada. Al menos los cristales posteriores estaban tintandos y no podían verme desde afuera. Los policías me miraron, el que conducía por el retrovisor, el otro se giró; la expresión fría y seria se suavizó. Intuí que iba a decirme algo pero no lo hizo.
Yo era incapaz de alzar la vista firmemente, había perdido la transparencia que poseía antaño, la que me permitía mirar a los ojos de la gente. Sentía como el peso de la mala conciencia y de la soledad me deshacía el alma.
Quizá aún existía para mí la posibilidad de reinserción.
En comisaría me ficharon. Ellos lo llaman hacer una reseña, que consiste en llenarte de tinta la yema de los diez dedos y plasmarlas en una cartulina con todos tus datos. Luego te hacen varias fotografías en diferentes ángulos. Te conviertes en a una delincuente fichada. Una estigma difícil de limpiar, por que cuando te abren ficha cliente permaneces en sus archivos bastante tiempo.
Primavera, veintidós grados de temperatura y ambiente húmedo y denso. Un profundo helor interior, de miedo, impotencia y arrepentimiento recorría mi geografía corporal. Cuando me bajaron a los calabozos sufrí un ligero desvanecimiento, sin perder el sentido. El mal trago de la detención, mis comidas precarias y las drogas desballestaron la fortaleza. Mi cuerpo empezaba a pasar factura.
Antes de ir a la celda, una agente femenina, procedió a un cacheo más profundo. Me hizo desnudar; para que no fuera tan traumático, me registro minuciosamente sin permanecer integralmente desnuda en ningún momento, primero de cintura para arriba, y luego de cintura para abajo. Me sentía azorada, notaba tanto calor en mis carrillos que creí que iban a arder como cerillas.
Con voz trémula le repliqué que me sentía ultrajada. Me comentó tajantemente que seguía el protocolo, que los detenidos solíamos ser muy astutos y que escondíamos cosas en las partes más recónditas de nuestra anatomía para lesionar o autolesionarse o incluso droga. Yo no ocultaba nada.
En una bolsa deposité bisutería, cordones, cinturón y sujetador. Al parecer era una medida de seguridad para evitar suicidios.
La primera visión de las celdas es sobrecogedora, un lugar desangelado y sombrío, me llamó la atención los barrotes blancos, contrastando con el oscuro futuro de los detenidos.
La puerta de la celda se cerró con el chasquido metálico y seco de sus goznes. Suspiré resignada y tragué saliva. Ahora comprendía como se sentía aquel pajarito silvestre que me resistía a dejar marchar siendo aun una niña. La única diferencia era que mi captura estaba justificada..
Cuando estas encerrada aprendes a no andar de un lado a otro por la celda por no subrayar el hecho en si, pero si no lo haces, te entumeces y se te comen los nervios.
Las horas se entretienen juguetonas con el destino de los miserables. Mala conciencia por haber yerrado mi camino.
El ambiente familiar es muy importante para un niño. No digo que sea un factor determinante por si mismo pero es bastante significativo saber que puedes confiar y apoyarte en alguien. No quiero proyectar mi culpa en terceras personas, mi comportamiento ruin era inexcusable, y sólo yo era la responsable de mis actos delictivos. Nadie me obligó. Quería vivir, experimentar como no había tenido oportunidad años atrás y se me escapó de las manos.
Es cierto que valoras las cosas cuando las pierdes. La libertad es uno de los mejores tesoros que posee un ser humano. Es humillante ser privado de este derecho aunque algunos nos lo merecemos. Violar la ley reiteradamente tiene este precio. Estar en el otro lado ilegal de la fina línea es aceptar unas reglas del juego muy básicas en las que no existe el empate, o ganas o pierdes, y no todo el mundo posee la suficiente elegancia para reconocer la derrota.
Mi compañera de celda, superaba los treinta, era alta y robusta. Sus facciones exóticas junto a su atezada piel delataban sus orígenes extranjeros. Admito que temía por mi integridad, sus ojos oscuros me decían que estaba endurecida, que había conocido una mala vida. Su presencia intimidaba. Parecía reservada pero no me sacaba la mirada fría y profunda de encima. Después de saludarla cortésmente aterricé el culo en un rincón. No osé volver a mirar ni establecer dialogo, si interrumpía su silencio, podía considerar la posibilidad de meterme una paliza.
Fue precisamente ella quien se me acercó y se interesó por mí. Tenía curiosidad para saber el motivo de mi detención e intuía que me acababa de estrenar. Era cubana, había venido a España a forjarse una vida mejor, durante un tiempo ejerció la prostitución hasta que pudo optar por un trabajo de ayudante de cocina. Estaba detenida por un delito de lesiones en una pelea con otra mujer. Alegaba autodefensa. Al parecer se trataba de un asunto sentimental.
Unas horas después dialogábamos como dos viejas amigas. Me podía considerar afortunada, aquella mujer no era agresiva ni arisca y tuvo paciencia infinita cuando me atacó el síndrome de abstinencia.
Me relató la historia de su vida, y me di cuenta que hay infancias terribles que marcan a fuego el interior de las personas, se debería de proteger a las personas son tan frágiles e inocentes. La justicia no tiene estos factores en el momento de juzgar y sentenciar. Sólo ve un adulto que no conoce y un delito cometido, en muchas ocasiones más leve del cometido con él siendo un ser de corta edad. ¿Dónde estaba la justicia en aquel momento?. Sólo quieren tu redención por que no eres apto por la convivencia en sociedad. Lo solucionan enjauladote y mezclándote con auténticos depredadores, sin criba alguna, lo único que consiguen finalmente es un mimetismo.
Largo rato después, mi compañera, se sentía fatigada, se hizo un ovillo, se tapó con una manta y no tardó en quedarse dormida.
Yo tenia frío y lloraba de nuevo, en silencio. Mi autoestima estaba hundida. La manta no me abrigaba lo suficiente y era una pequeña selva. El bocadillo insípido ya lo tenia a los pies y el hecho de pedir permiso para ir al wc aumentaba mi depresión.
Cuando estaba de pie, había de sujetar con una mano mis pantalones, para evitar su caída. Me había adelgazado bastante y sin cinturón no se me aguantaban ni en las caderas. Mis pies bailaban dentro de las botas sin cordones y por lo que trataba de moverme con cuidado para no dar un traspié. En conjunto, puedo afirmar que la imagen de mi persona era lamentable.
Dormir es una odisea cuando la angustia y la impotencia se mezclan con el ambiente hostil y cargado de olores corporales. El sueño te vence por aburrimiento. Cerré los ojos deseando que toda aquella amarga experiencia fuera sólo una pesadilla.
A la mañana siguiente el juez me tomó declaración. Mi compañera de celda me dijo que podía sentirme satisfecha, que en ocasiones te puedes pasar mas horas en comisaría. Me aconsejó que estuviera tranquila que por experiencia sabia que no se ensañarían conmigo. Estaba muy asustada, no era muy optimista respecto a mi situación.
Me trasladaron con a ella y tres mujeres más en un furgón de traslados de detenidos. De nuevo pasé por el ritual, dejar que te anillen, esperar tu turno en los aposentos del juzgado…
La sala era aséptica y desangelada. El señor de la toga negra, maduro, con poco pelo y gafas me miró severamente. Mandó a los policías que me custodiaban sacarme los grilletes. Permanecieron detrás de mí. La abogada a mi lado mantenía un semblante sereno y transmitía seguridad y profesionalidad.
El corazón me galopaba vertiginosamente, temblaba, me costaba tragar saliva. Estaba tan nerviosa que no podía mantener la mirada quieta en un punto, hacía muecas y me mordía los labios hasta hacerme sangre. El juez impresionaba. Una decisión suya podía cambiar mi vida. Se dirigió a mí y respondí, las palabras me salían entrecortadas, me temblaba la voz y mis ojos volvían a estar acuosos.
Mi abogada me había pedido que confiara en ella. En aquellos momentos era muy catastrofista, estaba convencida que el juez me encarcelaría, pero me dejó en libertad. Me condenó a pagar una sanción administrativa y someterme a un programa de desintoxicación de drogas y de integración social.
Afortunadamente aquella vez no conocería la cárcel pero ya tenía antecedentes, que no era poca cosa. Era una situación bastante delicada. No debía volver a meterme en líos que la suerte y el destino son caprichosos.
Me daba cuenta que mi vida anterior no era tan miserable y que mis lamentos eran pueriles. Demasiado tarde para a relativizar las cosas.
Tenía que hacer frente a un problema grave y aceptar ayuda profesional. Sabía que sola no saldría del profundo pozo. Me comprometía a no frecuentar más las malas compañías y a no abandonar la terapia el centro.
Me sentía escarmentada, deseaba cambiar de vida. Era un primer paso por volver a ser yo misma. No es fácil cuando eres inconstante y epicúrea.
Hace falta autoconfianza y disciplina para reconducirse por el buen camino, la tentación por el prohibido es un demonio seductor y atractivo.
Me puse a manos de un especialista, en esta ocasión, un buen profesional. Me sentía sola y cuando acudía a las entrevistas de trabajo me costaba justificar el vacío laboral de mi época loca, notaban que desconfiaban y lógicamente no me seleccionaban. Sólo pude rechazar la compañía de mi banda dos meses, finalmente consiguieron vencer mi débil resistencia.
Parece ser que en mi vida la armonía y la estabilidad no duran mucho tiempo, su colega era uno de los mejores, o al menos había conseguido llegar a los pliegues más recónditos de mi alma, exorcizar e integrar reveses de antaño y cuando estaba bien encauzada, le dio el infarto y falleció.
Su hija me recomendó que le fuera a visitar, que eran amigos desde la universidad. Me negaba a empezar de nuevo pero a la vez no deseaba tirar el esfuerzo realizado hasta ahora. Llevo un mes sin psicoterapia, y algo en mi interior me llama de nuevo al lado oscuro. Tengo un tremendo complejo de culpa pero cómo ha visto soy incapaz de librarse de esas amistades. ¿Cree que podrá ayudarme?…
Bohemia1984