Una historia cualquiera
Miércoles, Mayo 12th, 2010
Había trabajado el turno de noche así que cuando llegué a casa no puse mucho empeño en ordenar la ropa al quitármela. La dejé de cualquier manera y me dejé caer encima de la cama dispuesto a dormir y descansar después de la dura noche de trabajo. Empezaba ya a despuntar el día. Un día caluroso y sofocante de Agosto pero estaba seguro de que eso no me impediría dormir. Demasiado cansancio y sueño atrasado.
De pronto el atronador ring ring del teléfono casi me hizo dar un salto de la cama. Dejé que sonase, pensando que el que llamaba se cansaría y colgaría pero parecía que no tenía intención de hacerlo así que, después de que sonase doce ó quince veces, descolgué el auricular y una voz conocida, de hombre, al otro lado empezó a hablarme de forma alterada, palabras, frases inconexas que yo tuve que ordenar mentalmente para entender lo que me estaba diciendo. Le dije que ahora iba donde él se encontraba y me vestí rápidamente. El sueño y el cansancio habían desaparecido y mientras conducía mi coche por las calles semidesiertas a aquella hora los recuerdos vinieron a mi mente.
Había conocido a Daniel por cuestión de mi trabajo. Un día, durante un dispositivo en una casa en la que vendían droga, mis compañeros lo habían cogido en el momento en que salía de dicha casa de comprar cocaína. Necesitábamos que nos facilitase unos datos del interior de la vivienda así que fui al coche donde lo teníamos metido y empecé a hablar con él intentándome ganar su confianza. Ese día yo era el poli bueno.
Unos veintisiete años, cabellos bien cortados, limpio y bien vestido. Lo que se dice un chico normal, muy distinto del aspecto desastroso y enfermizo de la mayoría de yonkis, muchos mas jóvenes que él, con los que habitualmente convivíamos en el barrio. Saqué un cigarrillo, le ofrecí uno a él, y comenzamos a fumar callados sin decir nada ninguno de los dos. Como si en ese momento lo importante fuese disfrutar del cigarro. Se le veía tenso, nervioso, la actitud de alguien que no sabe que derroteros va a tomar la situación en la que se ve metido. Seguimos así durante unos minutos hasta que, de pronto comencé a hablarle. Con calma sin demostrar ningún tono amenazante, exponiéndole claramente la situación en la que se encontraba y lo que esperábamos de él.
Colaboró plenamente facilitándonos los datos que necesitábamos y, mientras los compañeros seguían con el operativo, esperando el mejor momento para entrar en la casa, yo me dirigí con el chico a comisaria. Tenía que comprobar unos datos y rellenar varios formularios. Además, no podíamos exponernos a que, una vez libre, avisase a los de dentro. Una posibilidad remota, con lo acojonado que estaba, pero que existía.
Llegamos a las dependencias, nos metimos en un despacho y mientras yo hacía las llamadas y hacía el papeleo, el sentado en una silla, enfrente de mí fumaba un cigarro. Cuando terminé yo también me dispuse a fumar un cigarrillo. Lo miraba y veía un joven normal, que seguramente tendría unos padres normales y un trabajo normal.
Comenzamos a hablar de cosas intranscendentes derivando casi sin darnos cuenta a temas más serios. Me daba cuenta de que, imperceptiblemente, iba cogiendo confianza, que no me veía como un policía dispuesto a buscarle problemas. Yo me daba cuenta de la situación y en un determinado momento le hice notar mi curiosidad por saber como un chico como él, seguramente de clase media y con buenos estudios, había llegado a volverse un toxicómano. Se mantuvo callado, pensativo durante unos instantes hasta que lentamente comenzó a contarme su historia:
Él, Daniel, había tenido una buena infancia. Sus padres, ambos profesores de magisterio se habían encargado de que la tuviese y de darle una buena educación. Y no desaprovechó la oportunidad que la vida y los sudores de sus padres le había dad: Bachillerato, Universidad estudiando Económicas y, cuando se Doctoró, un puesto de dirección en una multinacional. Si, la vida le había sonreído…. Hasta aquella maldita Nochebuena de hacía siete años en que un todoterreno con el conductor borracho embistió el coche en el que él y su novia iban a celebrar la noche a casa de sus padres Llevaban tres años juntos y todavía se querían como el primer día, deseando que el día pasase para poder verse y estar juntos. Un montón de proyectos de vida en común que aquel maldito todoterreno había destruido en un segundo.
Durante unos meses tuvo que pasar lo todo lo que se suele pasar en esos casos: el sepelio, los pésames de amigos y conocidos, la extraña sensación de que todo era una pesadilla de la que en cualquier momento despertaría. Pero ese deseado momento no llegaba nunca y, finalmente, tuvo que aceptar que nada había sido un sueño. Que las cosas nunca volverían a ser como antes.
Su carácter cambió y, aunque sus delante de sus padres intentaba que no se notase, comenzó a salir beber y a salir por las noches. Tenía mil excusas para llegar tarde a casa ya que siempre había un amigo a mano capaz de jurar que habían pasado la noche en su casa estudiando ó preparando los exámenes.
No recodaba exactamente como había llegado a consumir la primera vez. Una discoteca cualquiera, notando ya en su cuerpo los efectos del alcohol, y uno de los colegas que haciéndole un gesto que él en ese momento no comprendió le decía que le acompañase a los lavabos. Confusamente se vio metido en el interior de uno de los lavabos de la discoteca. La puerta cerrada, y mirando en silencio como su colega sacaba de una bolsita de plástico un polvo blanco que depositaba encima de la tapa del wáter. Miraba hechizado, sin comprender bien lo que estaba sucediendo, como su colega con la tarjeta de crédito iba amasando aquel polvo haciéndolo cada vez más fino hasta que lo dejo dividido en dos gruesas rayas blancas. Miró absorto y en silencio como sacaba un billete de la cartera, lo enrollaba en forma de canuto y con él aspiraba una de las porciones de polvo. Al acabar exhaló ó el aire fuertemente al tiempo que riendo le ofrecía el billete enrollado.
Lo cogió y arrodillándose delante de la tapa aspiró el polvo que quedaba. Un fuerte picor le hizo saltar unas lágrimas que se limpió frotándose los ojos. Cautamente abrieron la puerta y aprovechando de que en aquel momento no había nadie en la zona, salieron ambos del wáter y, tras mirarse al espejo, comprobando que no tuviesen ningún resto que les delatase, volvieron al interior de la sala de baile.
Daniel se notaba las fosas nasales enormes por las que entraba una enorme cantidad de aire cada vez que respiraba. De pronto la sensación de borrachera había desaparecido, estaba completamente despejado y una extraña vitalidad le recorría el cuerpo. Fueron varias veces al lavabo durante esa noche. Se sentía tan bien que les dieron las tantas de la mañana en el puerto, mirando amanecer y charlando sobre cosas inverosímiles mientras no dejaban de reír. Por fin decidieron que ya era hora de irse a casa. Cuando Daniel había llegado a la suya sus padres ya se habían ido a trabajar así que no tuvo que dar explicaciones. Después de tantas horas empezaba a notar el cansancio a pesar de lo cual tardó horas en poder dormir.
Después de esa noche vinieron muchas más. Noches en las que, bastantes veces, el polvo blanco lo había comprado él. Poco a poco, sin darse cuenta, la agradable sensación que había experimentado las primeras veces fue desapareciendo. Se metía una raya pensando en el tiempo que quedaba para meterse la siguiente. Ya no disfrutaba de la música ni de la conversación con una chica. Una única idea permanecía fija en su cerebro meterse una raya tras otra intentando sentir lo que había sentido la primera vez sin conseguirlo. Cuando quedaba sin el maldito polvo una sensación de malhumor y abatimiento le invadía. Ni bebiendo se la conseguía quitar de encima y, al final, siempre terminaba marchándose a casa para intentar dormir después de tomarse una pastilla de Rohipnol.
Lo que había empezado siendo un consumo de fin de semana terminó haciéndose diario. La cocaína era su comida y su bebida. Nada valía la pena si no había una dosis de polvo por medio y las noches de drogas y alcohol se fueron haciendo mas largas y los días mas cortos. Cocaína, speed, éxtasis triturado, cualquier cosa era buena para meterse por la nariz, para evitar que el muermo le invadiese. Drogas para mantenerse despejado y somníferos para poder dormir.
Y en ese momento de su vida nuestros caminos se habían cruzado, y allí, en aquella sala, fumando yo había escuchado en silencio su relato, dejando que se fuese desahogando, notando la amargura del que se vé metido en un profundo agujero del que no encuentra fuerzas para salir.
Cuando terminó de hablar, comencé yo intentándole convencer de que siempre hay una salida si realmente uno quiere salir y encuentra alguien dispuesto a ayudarle. Que la vida no es fácil para nadie pero que no hay caminos marcados, que cada uno construye día a día el suyo y en cualquier momento puede modificarlo.
En aquel instante los compañeros me comunicaron por la radio de que todo había terminado ya en la casa, que se habían detenido a los tíos y de que podía dejar ir al chaval.
Fumamos el último cigarrillo y antes de despedirnos quedamos en vernos pasados unos días para acompañarlo a un centro de tratamiento de toxicómanos donde yo tenía algunas amistades. Mientras lo miraba alejarse tuve la sensación de que, seguramente, no lo volvería a ver.
Pasadas unas semanas le llamé al móvil y, con sorpresa para mí, me contestó por lo que quedamos en vernos por la tarde, sobre las cinco en un bar de al lado de casa de sus padres y charlar.
Estaba sentado en una mesa y cuando me vio levantó la mano saludándome. Yo también le saludé al tiempo que me sentaba a la mesa y pedía una cerveza al camarero que se acercó. Veía a Daniel algo más delgado que la última vez pero seguía teniendo esa imagen de niño bien, aseado y bien vestido aunque unas marcadas ojeras afeaban su rostro juvenil. Charlamos durante un buen rato mientras tomábamos las consumiciones. Su vida había continuamos más ó menos igual que desde que nos vimos la primera vez aunque ahora lo notaba ilusionado y con ganas de poner fin a esa forma de vida, empezaba a creer que, con un poco de ayuda, podría dejar toda eso atrás.
Fuimos a ver a una amiga que trabajaba en “Proyecto Hombre”. De algo han de servir cuando uno les pide un favor y Elena, que antes que amiga había sido algo más, no me falló. Nos recibió en su despacho y nos escuchó con atención, hizo una serie de preguntas a Daniel y cuando terminó me dijo que miraría de buscar una solución a lo que le había pedido. Se lo agradecí y después conversar con ella sobre como nos iban las cosas a ambos nos despedimos quedando en que me llamaría para decirme algo.
Debió de tomarse el asunto con interés porque al cabo de una semana, más ó menos, Daniel tenía plaza en un Centro de desintoxicación en un pueblo de las afueras de Barcelona. Yo lo iba a ver de vez en cuando, le llevaba alguna revista y manteníamos largas conversaciones en las que un Daniel ilusionado me contaba sus proyectos para cuando saliese totalmente rehabilitado. Dejaría a esos colegas de tan nefasta influencia, volvería a tomarse en serio el trabajo hasta llegar a ser el ejecutivo emprendedor y con ideas que un día había sido.
Un día me llamó lleno de alegría para comunicarme que al día siguiente le daban el alta, que los médicos consideraban que ya estaba limpio y preparado para volver a retomar su vida. Después de prometerle que estaría esperándole a la salida colgué y llamé a sus padres para comunicarles la noticia. Los conocía desde que un día Daniel me los había presentado, un poco avergonzados del hecho de asumir ante mí el tener un hijo drogadicto, y con el padre, Cesar, me había seguido viendo varias veces. Le iba informando de los progresos de su hijo de le como se encontraba en el Centro. Es por esto que cuando Daniel salió nos vio a su padre y a mí, esperándole para darle un fuerte abrazo y llevarlo de vuelta a casa. Tanto su padre como su madre habían acabado aceptando que su hijo no era un degenerado yonki, una vergüenza familiar. Entendiendo que era un enfermo y que como a un enfermo sin voluntad, esclavo de la droga, habían de tratarlo. Que no era culpa suya ni de él. Que cualquiera, independientemente de los estudios ó de la posición social, podía caer victima de las drogas. Si, lo habían aceptado y ya no veían a su hijo como una vergüenza familiar sino como un enfermo que, por fin, se había curado. Seguro que tendrían muchas cosas que decirse así que los dejé en su casa y yo me fui. Dentro de unas horas entraba de servicio y aún tenia que hacer algunas cosas.
Fueron pasando las semanas y los meses y de vez en cuando quedábamos para tomar algo y charlar. Las cosas le iban bien: seguía trabajando de ejecutivo aunque ahora en otra empresa, tenía nuevas amistades e incluso había una chica, me había enseñado orgulloso su foto, que cada vez ocupaba mas tiempo su mente. Sus ojos brillaban cuando me hablaba de ella, de lo inteligente y hermosa que era y de lo bien que se encontraba a su lado. Yo, con una sonrisa dibujándoseme en los labios, lo dejaba hablar. Veía claro que volvía a estar perdidamente enamorado.
Todos esos recuerdos me ocupaban la mente mientras el coche, cada vez mas rápido, ya fuera de la ciudad, se dirigía al sitio donde había quedado que Cesar esperaría mi llamada. Antes de llegar, a lo lejos, pude ver una gran cantidad de luces destellantes de todos lo colores: azules, rojas, amarillas. Un guardia civil con linterna y peto reflectante iba desviando los escasos vehículos que por allí pasaban. Llegué a su altura y, tras identificarme, me dejó pasar el cordón de seguridad. Dentro de él varias ambulancias y camiones de bomberos y policías notas. Fui andando hasta que llegué al origen de toda la movida. Dos coches estaban calcinados en el centro de la carretera, hierros retorcidos, negros, era todo lo que quedaba de ellos. En el suelo, a unos metros, varios sacos de plástico cerrados con cremallera contenían, seguramente, los cuerpos calcinados de sus ocupantes. Alguien se abrazó a mi fuertemente, sollozando, era Cesar. Le había llamado la Guardia Civil para darle la mala noticia: un vehículo había perdido el control chocando frontalmente contra el de su hijo. Todos habían fallecido calcinados al colisionar e incendiarse ambos vehículos. Los policías encargados del Atestado aún no podían certificar el motivo pero, le dijeron, habían recibido, horas antes, varias llamadas en su Sala comunicándoles que un coche con cuatro jóvenes iba circulando por esta carretera haciendo el loco y circulando en dirección prohibida y por los datos que les habían facilitado seguro que debía de ser el que colisionó con el de su hijo: “Aún no estamos seguros, pero casi te puedo garantizar de que irían hasta el culo de alcohol y drogas. En fin, que te voy a contar” me dijo el compañero mientras se alejaba. Si, pensé mientras lo veía alejarse, qué me vas a contar.
A Eli.
-Funakoshi-